domingo, 20 de diciembre de 2009

Del Anillo wagneriano (y IV): "El Ocaso de los Dioses"

Y llegamos a la tercera y última jornada del viaje del Anillo, “El Ocaso de los Dioses” (Götterdämmerung), la cuarta ópera de la tetralogía, cuyo título podría haber sido perfectamente “La muerte de Siegfried” -Wagner la llamó así inicialmente, pero luego la rebautizó-, pues es éste el acontecimiento principal que enmarca todo el final de la obra, y al que conduce inexorablemente la trama.

Otro drama paralelo, aunque en un plano secundario, deviene en el tan anunciado fin de los poderosos dioses, ahora personajes secundarios, que ni siquiera aparecen en esta tercera jornada (salvo las Nornas, que lo hacen al comienzo).

De esta forma, Wagner parece conducirnos al final de todo, a la misma negación de la voluntad de vivir, idea que el compositor pudo extraer del pesimismo profundo de la obra del filósofo alemán Arthur Schopenhauer.

Nuevos leitmotivs musicales van a mezclarse con otros anteriores, o con variaciones más o menos complejas de los ya interpretados en las jornadas previas, hasta alcanzar en algunos momentos un paroxismo tal, que parece que la propia orquesta y los cantantes no van a ser capaces -físicamente- de mantenerlo.

Una vez más, la temática gira, desde un punto de vista ideológico o cuasi metafísico, alrededor de la lucha entre opuestos -lo terrenal y lo espiritual-: el poder de dominio del mundo, simbolizado por el Anillo y la maldición que éste acarrea; y el poder redentor del amor, cuya expresión más sublime se expresa en la pareja Siegfried-Brünnhilde.

Concluye así, con esta cuarta parte de la tetralogía, la que se ha denominado Gesamtkunstwerk, la “obra de arte total”, la creación que une drama, poesía y música en una perfecta simbiosis, para eterno deleite y asombro del mundo.

Acto I

Un pausado e inquietante prólogo musical, sostenido una vez más por las cuerdas, da paso de nuevo a la “roca de las valkirias”, en una noche de profunda oscuridad, tan solo iluminada, desde el fondo, por un ígneo resplandor (las llamas que protegieron el sueño de Brünnhilde). Aparecen las Tres Nornas, las hijas de Erda, que tejen el hilo dorado del destino.

La primera Norna, la más anciana -el pasado-, muestra a sus hermanas el lejano fuego que mantiene Loge alrededor de la valkiria, y las anima a cantar y a hilar. Cuenta entonces como antaño cumplía con gozo su tarea en el fresno del mundo, hasta que un dios intrépido -Wotan-, ofreciendo uno de sus ojos como eterno tributo, rompió una rama del fresno para convertirla en asta de su lanza. Se marchitó así lentamente el antaño robusto árbol. Le tira entonces la cuerda del destino a su hermana para que continúe la historia…

La segunda Norna -el presente- relata como Wotan grabó runas de pactos en el asta de la lanza. Pero un héroe audaz rompió en combate la lanza, y el sagrado mango de los pactos saltó hecho pedazos. Entonces Wotan rogó a los héroes del Walhalla romper las marchitas ramas y el viejo tronco del fresno. Le tira ahora la cuerda a su hermana para que cante lo que ella conoce…

La tercera Norna, la más joven -el futuro-, cuenta que aún destella la fortaleza de los dioses, pero una pila de troncos se levanta alrededor de la sala que preside Wotan. Cuando la madera del otrora fresno del mundo arda, se consumará el fin de los inmortales dioses. Y le tira la cuerda de nuevo a la primera Norna para que continúe…

Pero la primera Norna ya no puede vislumbrar bien el tenebroso pasado, y las tres hermanas tienen crecientes dificultades para descifrar los hilos de la sagrada cuerda. Su visión se ofusca, la urdimbre de los hilos ya no se estira tensa, y la trama está enredada. Una maldición vengadora roe la maraña de hilos. Estiran la cuerda, pero ésta se rompe… “¡Es el fin de nuestro eterno saber!”, cantan al unísono las tres hermanas, mientras la música se torna triste y pesarosa. Las tres Nornas desaparecen entonces en la creciente penumbra.

Amanece lentamente, y la orquesta entona dulcemente bellos motivos amorosos -primero cellos, luego oboes, más tarde violines- hasta concluir en el impetuoso éxtasis de las trompetas y la percusión, que hacen sonar, por vez primera, acordes de la marcha fúnebre. Aparecen en escena Brünnhilde y Siegfried, felices y dichosos. Brünnhilde anima a Siegfried a partir y realizar nuevas hazañas. Todo lo que los dioses le enseñaron se lo ha mostrado ya a su amado héroe. Recuerdan entonces los amantes los alegres momentos que han pasado juntos: el despertar de la valkiria, el valor del welsungo al atravesar el fuego…

Debe partir entonces Siegfried, pero como prenda de eterna fidelidad le entrega el Anillo a Brünnhilde, de nuevo inconsciente del maligno poder que la joya entraña, pues para él su único valor es lo que le costó obtenerlo. Brünnhilde le cede a Grane, el que fuera su fiel corcel, para que sobre él cabalgue en busca de nuevas aventuras. Se abrazan y besan, una vez más, al son de una orquesta que entona los conocidos y triunfales acordes del final de la jornada anterior. Parte así el héroe, dejando a una pensativa Brünnhilde, mientras a lo lejos se oye, cada vez más lejana, la llamada del cuerno de Siegfried.

El interludio orquestal que sigue, denominado “el viaje de Siegfried por el Rhin”, combina diversos leitmotivs, entre los que se encuentra evidentemente el del propio río.

Nos encontramos ahora en una sala del palacio de los gibichungos, a orillas del Rhin. El rey Gunther, su hermana Gutrune y su hermanastro Hagen -hijo de Alberich y de Grimhilde, madre también de Gunther y Gutrune- discuten sobre cómo acrecentar la fama de la estirpe de Gibich. El astuto Hagen, cuyo único propósito es volver a recuperar el Anillo paterno, aconseja a Hagen desposar a la mujer más noble del mundo, Brünnhilde, custodiada por el fuego en la más alta roca. No obstante, un hombre más fuerte, Siegfried, retoño de los welsungos, está destinado a tenerla. El héroe que abatió al poderoso dragón Fafner sería, a su vez, el esposo ideal para la bella Gutrune.

Revela entonces Hagen cómo conseguir hábilmente ambos propósitos. Siegfried será atrapado por Gutrune gracias a una pócima de hierbas que le hará olvidar pasados juramentos y a Brünnhilde. Una vez que Gutrune haya enamorado a Siegfried, el héroe rescatará a Brünnhilde de las llamas, para entregársela de buena gana al rey Gunther. Alaban los dos hermanos los sabios consejos del astuto Hagen, y ansiosos sueñan ya con sus futuros consortes. ¿Pasará el alegre héroe, en sus aventuras, por el reino de Gibich junto al Rhin?

Suena entonces, a lo lejos desde el Rhin, el cuerno de Siegfried. Un héroe y un corcel se acercan en un bote, mientras suena de nuevo el leitmotiv del Rhin. Entra, pues, el welsungo en la sala de Gibich y Hagen le da la bienvenida. El héroe ha venido a conocer al hijo de Gibich, cuya fama ha viajado por todo el Rhin. Insta a Gunther a luchar con él o ser su amigo, mas éste le da la bienvenida y le ofrece su amistad a Siegfried. En prenda de ésta, le ofrece Gunther su reino y sus posesiones, pero Siegfried no posee nada que ofrecerle, tan solo la espada que él forjó.

Astutamente, le pregunta Hagen por el tesoro que arrebató al dragón, la hazaña que inmortal fama ha dado al welsungo. Siegfried contesta que se apoderó de un yelmo y un Anillo, de los que desconoce su verdadera fuerza. Hagen le explica entonces que el Tarnhelm, el hábil trabajo de los nibelungos, le permitirá adoptar cualquier forma y viajar al lugar más lejano rápidamente. El Anillo, continúa el héroe, se lo ha dado a su amada Brünnhilde.

Entra Gutrune, portando un cuerno con la pócima de Hagen para paliar la sed del joven héroe. Éste bebe sin temor pero, tras ingerir la bebida, se siente repentinamente prendado de la belleza de la joven Gutrune. Ha olvidado a su amada Brünnhilde, y sólo aspira a conquistar a la hermana de Gunther. El plan urdido por el mezquino Hagen comienza, pues, a surtir efecto.

Gunther le menciona entonces a Siegfried la mujer que anhela como esposa, pero a la que no puede aspirar. El héroe se ofrece gozoso a conquistarla para Gunther, y a cambio él obtendrá la mano de Gutrune. Sellan así ambos un juramento de sangre como hermanos, vertiendo unas gotas del vital fluido sobre un cuerno y bebiendo fraternalmente. Redobles de tambor acompañan los juramentos que atan a los dos hombres, hermanos de sangre desde ahora.

En marcha se pone de nuevo el ansioso héroe. Irá a cortejar a la mujer que habrá de desposar su hermano de sangre Gunther, y obtener así para él a la hermosa Gutrune. Parten ambos, mientras la orquesta suena de nuevo impetuosa, dejando a Hagen como guardián del palacio. La sala palaciega se oscurece y la música se vuelve tenebrosa y sombría. Queda solo el mezquino Hagen, en un monólogo en el que saborea su ya próximo triunfo. Se revela así el verdadero y negro corazón del hijo del Nibelungo.

Un nuevo interludio musical, que continúa los motivos sombríos y perturbadores, da paso a la roca donde aguarda Brünnhilde, que espera ansiosa a Siegfried. Se escuchan truenos, y Brünnhilde percibe extrañada la llegada de un impetuoso corcel alado. Mientras suena el motivo de las valkirias, se escucha la llamada de Waltraute, una de sus hermanas, voz tan querida y dichosa para Brünnhilde en otros tiempos. Truenos y relámpagos acompañan la aparición de la valkiria que se abraza a su hermana.

Brünnhilde le pregunta si la ira de Wotan contra ella se ha aplacado, y le cuenta la dicha que ahora la envuelve por su amor al héroe que la despertó de su largo sueño. Pero Waltraute sólo ha venido para impedir el inminente fin de los dioses, y por ello ha roto el mandato de Wotan. Cuenta Waltraute como el dios ha vagado solitario en su caballo por el mundo, como un vagabundo errante, hasta que ha vuelto recientemente con su lanza hecha pedazos por un héroe.

Wotan ordenó entonces abatir el fresno del mundo y apilar los leños de su tronco en torno a la sagrada sala, y sentado silencioso en su sagrado trono, ha enviado a sus dos cuervos a recoger buenas nuevas. Una aflicción infinita sobrecogió también a las valkirias, postradas a los pies del dios, pero una última sonrisa percibieron en los labios de su padre -tal vez, recordando a su más querida hija-. Como en un susurro, escucharon su voz: “¡Si ella devolviera el Anillo a las hijas del Rhin, del peso de la maldición quedarían liberados los dioses y el mundo!”

Así pues, ha venido Waltraute galopando como el viento a suplicar a su hermana que devuelva el Anillo a las hijas del Rhin, para poner fin al tormento de los inmortales. Mas ya nada importa a Brünnhilde el Walhalla o los sagrados dioses, sólo el amor de Siegfried. El héroe le ha entregado la joya como prenda imperecedera de su amor, y para ella es más valiosa que el mundo entero. Jamás renunciará al Anillo de Siegfried. Huye, desesperada, Waltraute, al son de truenos, relámpagos, y nuevamente el motivo orquestal de las valkirias. Ahora sabe que el fin es inevitable…

Lucen ahora, con el ocaso vespertino, las llamas alrededor del baluarte donde se mueve una inquieta Brünnhilde. Se escucha entonces el cuerno de Siegfried y extasiada cree que ha llegado su amado, pero aparece, en cambio, un guerrero al que no reconoce. Es Siegfried, que ha adoptado la forma de Gunther, gracias al poder mágico del yelmo. Horrorizada se muestra Brünnhilde, pero el extraño visitante, sin temor al fuego, la ha ganado como pretendiente.

Brünnhilde no entiende nada, apela furiosa a Wotan y al poder protector del Anillo, y lucha desesperadamente con el héroe, mas éste le arrebata por la fuerza el Anillo de su dedo. Un último grito emite Brünnhilde, y cae al suelo exhausta y desolada. El héroe se pone el Anillo en su dedo y obliga a Brünnhilde a seguirle. Este larguísimo primer acto concluye con el canto de Siegfried, que -al son de solemnes acordes orquestales- jura sobre Notung la castidad de su cortejo y la fidelidad con su hermano de sangre.

Acto II

El preludio se muestra, una vez más, oscuro y tenso, con las cuerdas que describen magistralmente la nocturnidad que inunda la escena. Ante el palacio de los gibichungos vela Hagen, silencioso y pétreo como una roca. A él se acerca su padre, el viejo Alberich, con palabras que incitan al rencor y al odio eternos. Le recuerda el poder que le aguarda a Hagen, mas no hay amor entre padre e hijo, sólo mutua solidaridad en su odio contra el mundo. Alberich intuye que todo el clan de los dioses aguarda aterrado su final, pero ¿quién heredará el poder de los inmortales?

Alberich intenta convencer a su hijo de que ambos heredarán el mundo, si Hagen se mantiene fiel y leal, y comparte su dolor y su rabia. El poder del Anillo someterá al Nibelheim y al Walhalla. Pero curiosamente la maldición no está haciendo efecto en el joven Siegfried, pues éste no conoce el poder del tesoro nibelungo. Por ello, han de destruir al welsungo. Así, Hagen vengará al traicionado Alberich, y obtendrá el Anillo, desdeñando a Siegfried y a Wotan.

Las trompas entonan ahora una melodía que recuerda a la de Rhin, en un crescendo al que se unen las cuerdas. Amanece junto al río, y suena claro y límpido el cuerno de Siegfried, que entra en escena y saluda al sombrío Hagen. El héroe ha llegado en un fugaz instante desde la “roca de la valkiria”, gracias al poder del yelmo mágico, y espera ansioso poder ver de nuevo a Gutrune. Sale la hija de Gibich, y el héroe explica a ambos cómo dominó a Brünnhilde, disfrazado de Gunther, y cómo se mantuvo casto durante la noche, para alivio de Gutrune. Los dos futuros consortes, Gunther y Brünnhilde, vienen de camino en un bote por el Rhin. Gutrune pide a Hagen que convoque a los vasallos a la sala de Gibich para la boda.

Suenan las cuerdas en un “agitato” de tensión contenida, mientras Hagen llama con poderoso cuerno a los vasallos. Con poderosos bramidos de alarma y peligro convoca Hagen a los gibichungos. Trompas y tubas wagnerianas atruenan con estruendo ensordecedor, mientras aparecen en escena los soldados, armados con lanzas y espadas, dispuestos ante el peligro que se anuncia inminente. Tiene lugar ahora la única escena coral de toda la tetralogía, en un brillante diálogo entre Hagen y los soldados, a través del cual les explica el hijo de Alberich que deben prepararse para la llegada de Gunther y su prometida. Exultantes resuenan las voces del coro de soldados gibichungos que cantan alegres ante la buena nueva que les anuncia Hagen.

Al son de una marcha prenupcial, el inicial murmullo coral de los soldados se convierte, en un prolongado crescendo, en triunfal bienvenida para los recién llegados, Gunther, y de su mano, una pálida y cabizbaja Brünnhilde. Aparecen en escena Gutrune y Siegfried, que dan la bienvenida a Gunther y Brünnhilde, pero cuando ésta ve a Siegfried y el Anillo en su dedo se siente traicionada, pues no en vano cree que fue Gunther quien se lo arrebató en la roca.

Hagen alienta ahora la confusión de Brünnhilde, acusando a Siegfried de engaño y traición para con los novios. “¡Traición!”, exclama Brünnhilde furiosa, y pide a los dioses venganza para su afrenta. Entonces proclama ante todos que su verdadero esposo es Siegfried, pero éste, presa del hechizo, lo niega rotundamente, invocando a su espada Notung como fiel testigo de su juramento. Hagen presta la punta de su lanza para que el héroe jure sobre ella que la acusación es falsa, y que no rompió la fidelidad con su hermano de sangre. Jura igualmente Brünnhilde por la punta de la lanza de Hagen, para que el afilado filo derribe al perjuro. La música, impetuosa y agobiante, acompaña el juramento, mientras el coro de soldados invoca al dios Donner para que ruja la tempestad y acalle la infamia.

Se retiran Siegfried y Gutrune, prestos a disponer los preparativos de la boda. Quedan solos Brünnhilde, Gunther y Hagen. Desolada se siente la que fuera temeraria valkiria, presa de una angustia que no consigue mitigar. No alcanza a comprender que astucia diabólica se esconde detrás de todo esto. Sólo siente dolor, inmenso dolor… mientras la orquesta acompaña sus lamentos con acordes de lánguida tristeza e intenso sufrimiento.

Hagen se ofrece entonces a vengarla. Sabe que no podrá abatir al héroe en igualdad de condiciones, pero Brünnhilde le revela un secreto terrible. Con sus artes protegió a Siegfried, excepto en una parte de su cuerpo, la espalda, que el héroe nunca mostraría ante el enemigo. Allí debe golpear con su lanza el hijo de Alberich. Convencen a un abatido Gunther, que siente tortuosos remordimientos por su juramento de sangre, para organizar una cacería al día siguiente, y en ella dar muerte al traidor y perjuro. Luego dirán que un jabalí le atacó. Los tres, Brünnhilde, Hagen y Gunther, terminan juramentándose, y cantando al unísono, exponen sus argumentos para dar muerte al héroe: Gunther y Brünnhilde, aunque por diferentes motivos, se sienten traicionados; Hagen sólo ansía arrebatarle el preciado Anillo. Así pues, la mortal conjura se ha sellado, y el destino fatal de Siegfried con ella.

Acto III

El preludio orquestal comienza con la llamada del cuerno de Siegfried, interpretado por trompas y trompetas en diferentes variaciones que se suceden, hasta que toma el relevo el leitmotiv del Rhin que, al igual que en el prólogo, comienza suave y dulcemente, como mecido por las aguas tranquilas del viejo río.

Al alba, un hermoso paraje a orillas del Rhin. Las ninfas del río cantan la añoranza del oro perdido, hasta que en la lejanía se oye la llamada de un cuerno. Es Siegfried, el héroe, que llega corriendo hasta las orillas del río persiguiendo a su presa. Al encontrarse con el hermoso welsungo, las ondinas le piden el anillo de oro que lleva en su dedo, a cambio de la pieza cuyo rastro ha perdido. Pero Siegfried se niega, pues demasiado esfuerzo le costó matar al dragón al que se lo arrebató.

Se sumergen las ninfas en las aguas, y entonces Siegfried las llama de nuevo, dispuesto ahora a cederles la joya de buena gana. Pero ellas ya no lo quieren, y le relatan la maldición que se cierne sobre él. Igual que abatió al dragón, él también caerá, como lo hará todo aquél que posea el Anillo. Solo la corriente del Rhin puede expiar la maldición. Mas el héroe nada teme de las amenazas que le auguran.

Se retiran, pues, cantando las alegres ondinas, al son del leitmotiv del Rhin, después de anunciarle al héroe su trágico destino. Nada comprende el insensato Siegfried, que no ha sabido conservar el bien más preciado que le ha sido concedido -el amor- y, en cambio, se empeña en conservar lo que pronto le acarreará su fin.

Se escuchan de nuevo fanfarrias y llamadas de cuerno, a las que responde también Siegfried. Llegan Hagen, Gunther y los demás cazadores, y se aprestan a preparar la comida con las piezas que han cazado. Siegfried les relata su encuentro con las tres doncellas del Rhin y cómo le han advertido sobre su próxima muerte.

Gunther se muestra taciturno, y para animarle, Siegfried se ofrece a contar historias de su niñez. Les relata entonces su infancia en el bosque, criado por Mime, el enano que le instó a luchar contra el dragón Fafner, con la ayuda de la temible espada Notung. Mientras el héroe rememora sus pasadas hazañas, Hagen le ofrece beber de su cuerna, en la que ha vertido, a escondidas, un filtro para que recupere la memoria perdida.

Siegfried continúa su relato, y llega al instante en que encuentra a la mujer que duerme en lo alto de una roca, con el fuego ardiendo a su alrededor. La música reinterpreta ahora el bellísimo despertar de Brünnhilde, mientras el héroe recupera, ahora sí, los momentos vividos, y su amor por la hija de Wotan.

Se sorprende Gunther ante el relato de Siegfried. Mientras suenan de nuevo fanfarrias orquestales para reflejar la tensión del momento, dos cuervos -los mensajeros de Wotan- levantan el vuelo, y al preguntarle Hagen si comprende sus graznidos, Siegfried se da la vuelta para mirarlos… y entonces el pérfido Hagen hunde su lanza en la espalda del héroe.

Suenan brevemente los primeros acordes de la marcha fúnebre, y el héroe cae al suelo, herido de muerte. Todos le inquieren a Hagen qué ha hecho, mas éste responde que sólo ha vengado un perjurio. El moribundo Siegfried comprende ahora, tarde al fin, y pronuncia por última vez -mientras suenan dulces acordes de arpa y violines- el nombre de su amada: “¡Brünnhilde!…” Con el último aliento, evoca en su pensamiento postrero a la novia sagrada.

Suena ahora sí grandiosa, en todo su esplendor, la marcha fúnebre en honor de Siegfried -escrita en la tonalidad de do menor, al igual que la marcha fúnebre de la tercera sinfonía beethoveniana-, y los hombres alzan el cadáver del héroe caído, para transportarlo en lento y solemne cortejo a través del bosque, bajo una resplandeciente luna, hasta el palacio de los gibichungos.

Compuesta de múltiples motivos que se entrelazan entre sí, para contarnos la historia de Siegfried, la marcha se ha convertido en una de las piezas más celebres de toda la tetralogía. Al igual que ha ocurrido con la Cabalgata de las Valkirias, el cine la ha hecho popular a través, fundamentalmente, de la película “Excalibur”, del director John Boorman, donde es utilizada como leitmotiv de la espada del rey Arturo.

La escena regresa ahora al palacio de Gibich, donde Gutrune, intranquila por una pesadilla, busca en vano a Brünnhilde, pero sus aposentos están vacíos. Entra Hagen, desafiante, despertando a todos. Anuncia a Gutrune la muerte del héroe, un jabalí salvaje ha terminado con su azarosa vida. Gunther intenta consolar a su hermana, presa de incontenible dolor ante el cadáver de Siegfried. Gutrune acusa entonces del asesinato a su hermano, pero éste culpa, a su vez, a Hagen.

El hijo de Alberich reconoce, pues, su crimen y proclama orgulloso su sagrado derecho de conquista sobre el Anillo. Pero Gunther se lo niega y se enfrenta a él, reclamando la herencia para Gutrune. Luchan, y Hagen mata a su hermanastro. Mas cuando el hijo del Nibelungo se dispone a arrebatar la preciada joya del dedo de Siegfried, la mano del héroe muerto se alza amenazadora, y Hagen retrocede temeroso.

Aparece súbitamente Brünnhilde, que acalla a todos. El final del drama wagneriano le pertenece exclusivamente a ella. Su sabiduría entiende el trágico fin del héroe, al que reclama como su verdadero esposo. Tarde comprende también Gutrune que no es ella, sino Brünnhilde el verdadero amor del welsungo, y se retira dejando el lugar que le corresponde a la valkiria. Nuevamente, la música trae conmovedores motivos de amor, mientras Brünnhilde ordena apilar troncos para la pira funeraria a orillas del sagrado Rhin, donde las llamas arderán para consumir el cuerpo del héroe. A él se unirán su fiel corcel, Grane, y la propia Brünnhilde, que ha de inmolarse con su esposo en eterna unión, más allá de los males de este mundo.

Todo está ahora claro para la sabia Brünnhilde. El más puro héroe concebido fue el que la traicionó, por culpa de los poderosos dioses y sus ansias de poder. La maldición forjada por Wotan cayó así sobre el inocente vástago de los welsungos, la estirpe engendrada por el propio dios. Escucha Brünnhilde ahora los graznidos de los cuervos de Wotan, y los envía de vuelta a la morada de los dioses, con nuevas ansiosamente anheladas. “¡Descansa, descansa… oh, Dios!”, exclama una triste Brünnhilde.

Arrebata Brünnhilde el Anillo maldito del dedo muerto de Siegfried y lo devuelve a las hijas del Rhin para expiar, al fin, la maldición. Entonces coge una antorcha y mientras canta eufórica, anunciando a Loge que prenda el Walhalla porque ha llegado el fin de los dioses, monta en su caballo Grane, y se precipita a la crepitante pira en la que arde Siegfried.

Sucesivos e impetuosos leitmotivs, ya conocidos, mezcla ahora la orquesta, mientras el fuego lo consume todo y se desbordan también las aguas del poderoso Rhin. La apoteosis final muestra al codicioso Hagen que se arroja a las aguas del Rhin tras el Anillo, ahogándose en sus profundidades; así como la poderosa fortaleza de los dioses, el Walhalla, consumida ahora por las llamas, que se derrumba hasta los cimientos. Es el fin, el fin de todo…

Desde las ruinas del palacio de los gibichungos, los hombres contemplan un tenue resplandor que sube hasta el cielo, sobre las aguas que comienzan a retirarse, mientras la orquesta entona finalmente el último y más hermoso leitmotiv, el de la redención del amor…

lunes, 14 de diciembre de 2009

Del Anillo wagneriano (III): "Sigfrido"

La segunda jornada del Anillo narra el despertar al mundo del joven Siegfried (Sigfrido), el héroe que no conoce el miedo, que despertará de su profundo sueño a Brünnhilde, y entonces conocerá el temor por primera y única vez, pero también descubrirá el amor. Paulatinamente, los hombres se apoderan del mundo, mientras los viejos dioses, los poderosos gigantes, o los mezquinos enanos se pierden en el olvido.

Los intrincados hilos de la historia del Anillo se cruzan de nuevo en el camino de los personajes, pero son ahora los hombres los que sufrirán la maldición que el negro Alberich invocó para cualquiera que fuera su poseedor. Al contrario que el poderoso Wotan, el inocente y jovial Siegfried no entenderá el poder del Anillo, sólo se dejará guiar alegremente por su fuerza y por su destino.

Siegfried, hijo de Siegmund y Sieglinde, de la estirpe de los welsungos, ha sido criado en una cueva en un sombrío bosque por el enano Mime. El pérfido nibelungo sólo tiene un propósito: utilizar al héroe para robar el Anillo que custodia el gigante Fafner -ahora convertido en temible dragón- en lo más profundo del bosque, y convertirse así en dueño del mundo. Siegfried es ya un muchacho fuerte e impetuoso, que comienza a cuestionarse sus orígenes, preguntas que el enano no sabe o no quiere responder.

Acto I

Más sombrío y pausado se nos presenta el preludio orquestal que en la jornada anterior, como sugiriendo el mezquino cavilar del enano Mime. Suena de nuevo el motivo de los nibelungos, el martilleo que sugiere el trabajo de los hábiles enanos en las profundidades de la tierra. Aparece Mime en una cueva, intentando en vano, sobre el yunque forjar una espada para el muchacho que ha criado (Siegfried). Pero es inútil, todos los aceros que fabrica el tenaz Mime son quebrados con facilidad por el welsungo. Bien sabe Mime que sólo Notung, cuyos pedazos guarda en secreto, podrá servir para que el fuerte brazo del héroe pueda abatir al fiero dragón Fafner. Mas la forja de esta espada está más allá de las habilidades del enano.

Aparece Siegfried cantando al son impetuoso de la orquesta. Trae atado a un oso, con el que asusta burlonamente al enano. El joven muchacho empieza a estar hastiado de la compañía del viejo enano, pues percibe los engaños de éste. Gime y llora Mime, que se queja de la ingratitud de Siegfried. Él y sólo él ha criado al welsungo desde que fuera un niño de pecho, y desde entonces ha velado por él, recibiendo a cambio como recompensa el desprecio del muchacho.

Pero el ansioso joven anhela respuestas que el enano no le proporciona, y cada vez se siente más indignado por las astutas replicas de éste. Siegfried le pregunta, una vez más, quién era su padre, pero el enano la contesta que él es, al tiempo, su padre y su madre, el que le ha criado con tierno amor nunca correspondido. Pero Siegfried sospecha de las mentiras del enano, pues ha visto en el bosque a los animales, y ha observado como las crías se parecen a sus padres. Sin embargo, nada en él se parece al odioso Mime.

Con la fuerza impetuosa de la juventud, Siegfried agarra al enano y le amenaza para que le cuente de una vez la verdad. Entonces el enano le cuenta lo que sabe: tiempo atrás halló en el bosque a una exhausta mujer que gimoteaba, Sieglinde, a la que ayudó a dar a luz a su hijo -Siegfried-, para luego morir. Desconsolado se muestra entonces el muchacho: “¿Entonces mi madre murió por mi?…” Le cuenta también el enano que ella le entregó a su cuidado, pero de su padre nada le dijo ella, salvo que lo habían matado. Siegfried le exige al enano una prueba palpable de la historia que le acaba de contar, y el nibelungo le muestra los restos de la espada que su padre llevó en la última batalla.

Exultante se muestra ahora Siegfried, al tiempo que la orquesta le acompaña al son de las trompetas. Ahora podrá blandir Siegfried su espada legítima, pues el enano le forjará de nuevo la espada, y entonces partirá muy lejos del bosque y se adentrará en el mundo, para no volver a ver al odioso Mime. Corre alegre como un rayo Siegfried hacia el bosque, dejando al enano en la cueva, triste y apesadumbrado por el arduo empeño que ha de realizar.

Aparece en escena entonces Wotan, ataviado con ropajes de vagabundo y un sombrero de ala ancha que le tapa un ojo. Un nuevo tema, sombrío e enigmático, introduce la nueva encarnación de Wotan. Saluda el vagabundo al viejo herrero y le pide la hospitalidad debida al forastero. Mas Mime no está de humor para extraños visitantes. Mucho ha explorado en sus viajes el vagabundo, ofreciendo conocimiento a aquéllos que lo demandaban. Pero Mime no quiere sabiduría ni compañía, sólo desea que le dejen en paz. Le ofrece entonces el vagabundo su cabeza como prenda en un juego de ingenios. Su cabeza será de Mime si no es capaz de responder a las preguntas que el enano le formule.

Acepta el reto el nibelungo, ansioso por librarse del extraño. Tres preguntas formulará a las que deberá contestar con sabiduría y astucia. “¿Qué raza trajina en las profundidades de la tierra?”, inquiere el enano. “En las profundidades de la tierra trajinan los nibelungos”, -suena de fondo el leitmotiv ya conocido desde el prólogo- “…y Nibelheim es su tierra”, contesta el vagabundo, y le relata a Mime brevemente la historia del Oro del Rhin. “¿Qué raza descansa sobre el ancho de la tierra?”, pregunta por segunda vez el enano. “Sobre el ancho de la tierra pesa la raza de los gigantes”, contesta el dios -la orquesta entona ahora el leitmotiv correspondiente-, “…y Riesenheim es su tierra”, y cuenta la lucha fratricida entre Fasolt y Fafner. Finalmente, formula la tercera pregunta un exhausto Mime: “¿Qué raza vive en las alturas cubiertas de nubes?”. Firme y convencido contesta de nuevo el vagabundo: “En las alturas cubiertas de nubes viven los dioses” -suena ahora el tema ya conocido del Walhalla- “…Wotan, Alberich de la luz, gobierna sobre el mundo, con la sagrada lanza que fabricó a partir del fresno del mundo”. Entonces golpea el dios con su arma el suelo y se escucha un trueno subterráneo. Ahora ya no alberga duda alguna Mime sobre quién es su extraño huésped.

Wotan ha resuelto las preguntas y redimido su cabeza. El enano le insta a reemprender su camino, mas el dios cree que, en justa compensación, el enano debe ser ahora quien responda a sus preguntas, en castigo por su falta de hospitalidad. Comienza, pues, Wotan, con la primera de ellas, mientras suena hermoso, por vez primera, el tema de Siegfried: “¿Cuál es la raza con la que Wotan se portó cruelmente, pero cuya vida le es más querida?”. El astuto enano sabe bien la respuesta: “los welsungos, estirpe engendrada por Wotan, de la que nacieron los gemelos Siegmund y Sieglinde. Ambos concibieron a Siegfried, el vástago más fuerte de los welsungos”. Inquiere por segunda vez el dios: “¿Qué espada debe blandir Siegfried que sirva para matar a Fafner?”. Firme y rotundo contesta Mime: “Notung”, y relata la historia de la espada, que fue rota en pedazos por la lanza de Wotan. Finalmente, Wotan hace al enano la tercera y última pregunta: “¿Quién forjará la espada Notung a partir de los fuertes pedazos?” Aterrado, Mime confiesa ignorarlo, ya que si él no puede hacerlo, ¿quién podrá?. Entonces Wotan le contesta que sólo aquél que nunca conoció el miedo podrá forjar de nuevo la espada. Así, pues, ha perdido su ingeniosa cabeza Mime en el juego, mas el dios se muestra clemente. Dejará en prenda la cabeza del enano para aquél que nunca conoció el miedo, y sale el dios riendo en sonoras carcajadas, mientras queda Mime tendido en el suelo, casi aniquilado.

Regresa el alegre Siegfried en busca de su espada, y encuentra a Mime casi delirando, repitiendo las palabras de Wotan: “…sólo quien nunca conoció el miedo podrá forjar Notung de nuevo”. Mas Siegfried no sabe qué es “eso” del miedo y, por tanto, desconoce el significado de estas enigmáticas palabras. El enano intenta explicárselo, y astutamente agrega que, sin duda, el dragón Fafner le hará conocer lo que es el temor. Siegfried pide al enano que le guíe a la cueva del dragón en el bosque para así conocer eso tan extraño que es el miedo. Como Mime es incapaz de forjar la espada, decide hacerlo él mismo.

La orquesta suena ahora impetuosa y agobiante, mientras se afana Siegfried sobre fuego, fuelle y martillo, para forjar, a partir de los trozos, el acero paterno. Entretanto, cavila el mezquino enano cómo podrá obtener el Anillo, una vez que Siegfried mate a Fafner. Una pócima elaborará con sus artes, en forma de bebida refrescante, para sumir en eterno sueño al héroe y obtener lo que tanto anhela. Canta ahora exultante el joven Siegfried mientras trabaja el duro acero sobre el yunque, al son de una orquesta que acompaña los poderosos martillazos del welsungo. La obra está concluida al fin. Blande el héroe el reluciente acero y exclama: “¡Notung, Notung, espada temible!, vuelves a estar en tu empuñadura…”, y de un solo mandoble parte el yunque en dos, mientras toda la orquesta estalla, al unísono, en frenético éxtasis. Al bosque parte raudo el joven Siegfried, a enfrentarse al temible dragón Fafner.

Acto II

Sobre el tenue y sombrío bajo continuo de las cuerdas, suenan timbales y trompas para componer el inquietante leitmotiv del dragón Fafner, que recuerda al de los gigantes, pero amplificado ahora a la magnitud del temible ser que custodia el tesoro nibelungo. Brillante es en este preludio el contraste musical entre la tensa agitación de las cuerdas, y los lentos y pausados golpes de la percusión, junto a las esporádicas apariciones con motivos in crescendo de trompas, trombones y trompetas.

En el bosque, de noche, monta guardia ante la cueva del dragón -Niedhöhle-, el astuto enano Alberich, que aguza temeroso el oído, siempre anhelando el tesoro perdido. Aparece entras las sombras Wotan, de nuevo como errante vagabundo, mas el viejo Alberich lo reconoce al instante. Asustado, el enano le recuerda al dios sus pasadas intrigas. Cree que ha venido para arrebatarle, de nuevo, su Anillo, y le rememora el pacto que suscribió con los gigantes, que está obligado a cumplir para no perder su poder. Pero el sagaz enano conoce las debilidades de los dioses, y amenaza a Wotan: “Si él recuperara el Anillo… ¡temblarían los dioses en el Walhalla!”

Advierte Wotan a Alberich que su hermano Mime conduce hacia allí a un joven héroe para que mate a Fafner por él, y convertirse así en el dueño del Anillo. El nibelungo utiliza al héroe para sus propios fines, pues el joven e inocente Siegfried nada sabe del poder del Anillo. Por tanto, su único rival por el Anillo es Mime. Le sugiere el dios entonces que avise a Fafner de la amenaza que se cierne sobre él, y a cambio, le pida el Anillo como recompensa. Despiertan al soñoliento dragón, pero Fafner no se inmuta ante las advertencias, seguro de su omnímodo poder, y despacha con desprecio a sus molestos visitantes. Se retira un sonriente Wotan, dejando a un preocupado Alberich, nuevamente, burlado.

Mientras clarea ligeramente y se vislumbra el próximo amanecer, llegan ante la cueva Mime y Siegfried. Suena de nuevo el tema del preludio orquestal, el leitmotiv del dragón. Es aquí donde aprenderá el miedo, le asegura el enano al joven Siegfried. Mime se aleja entonces a una fuente cercana, y Siegfried queda sombrío y meditabundo. Solo se siente en el vasto mundo el welsungo, mientras un nuevo motivo entonan las cuerdas, que cantan el amanecer de un nuevo día en lo profundo del bosque. ¿Qué aspecto tendría su padre?, se pregunta Siegfried, ¿y su madre?, ¿serían hermosos?, ¿se parecerían a él? Queda dormido brevemente el joven héroe, arrullado por la bellísima melodía que interpretan los violines.

Suena, de repente, en el silencio del bosque, la música de una flauta que representa a un alegre pajarillo. Es una nueva y alegre melodía, que despierta y cautiva a Siegfried. Quiere imitarla el muchacho, e improvisa torpemente con una caña una flauta, mas sus soplidos no obtienen de ésta sino desafinados tonos. Decide entonces probar con su cuerno. Nace así la famosa llamada de Siegfried, un sonido alegre y silvestre cuyo eco resuena en todo el bosque, que caracterizará al joven héroe.

Despierta, al fin, el dragón, que sale de la cueva para refrescarse como cada mañana en la fuente cercana. Sin sentir temor alguno, Siegfried entabla combate con la horrible bestia, clavándole la espada en el corazón. El agonizante dragón le cuenta a quién ha abatido: el último de los grandes gigantes, pues su hermano Fasolt ya murió tiempo atrás por el oro maldito de los dioses. Cuando arranca Siegfried la espada Notung del cuerpo del dragón, sus dedos se manchan de la ardiente sangre de la bestia, y para aplacar el escozor se los lleva a los labios…


De inmediato, sorprendentemente, comprende Siegfried el canto de los pájaros y la voz que desde las altas ramas le habla -un pajarillo con voz de soprano-. El pájaro le cuenta que es ahora dueño del tesoro de los nibelungos: con el Tarnhelm o yelmo mágico podría realizar hazañas maravillosas, y con el Anillo sería dueño del mundo. Entra Siegfried en la cueva para obtener el tesoro, y reaparece Mime para comprobar la muerte de Fafner, pero Alberich le cierra el paso, y el antiguo odio entre hermanos desata una breve pero violenta disputa.

Cuando Sigfrido reaparece con el yelmo y el Anillo, cuya utilidad ignora, los nibelungos se ocultan, y en la calma del bosque se escucha de nuevo el canto del pajarillo, que le advierte que no confíe en el traidor Mime. Por haber bebido la sangre del dragón, ahora podrá entender lo que el enano piensa realmente en su negro corazón. El héroe comprende, y se guarda de las lisonjas de Mime. En la conversación que sigue, Mime, sin quererlo, revela sus verdaderas intenciones: lo ha utilizado para recuperar el Anillo y piensa matarlo para quedarse con él. Le ofrece entonces una bebida refrescante, que es, en realidad, una pócima venenosa para sumirlo en un sueño eterno. Siegfried, exasperado, mata finalmente al odioso enano con la espada Notung.

Exhausto ha terminado el welsungo. Se recuesta sobre un viejo tronco y entabla nuevamente conversación con el alegre pajarillo. Lo que más anhela es una compañía, pues se siente más solo que nunca en la vastedad del ancho mundo. Le pregunta al pájaro si le concederá un buen compañero. Anhela el consejo de su nuevo amigo, pues no sabe qué ha de hacer. Canta entonces el pajarillo: “…en lo alto de una roca duerme, con el fuego ardiendo a su alrededor, la mujer más maravillosa del mundo. ¡Si atravesara las llamas y despertara a la doncella, Brünnhilde sería entonces suya!”. El propio pajarillo le enseñará el camino. Se levanta, feliz y radiante, el héroe al escuchar el prometedor mensaje. Su ardiente deseo es ahora incontenible. Exultante parte presto el joven héroe a cumplir con su destino…

Acto III

El preludio orquestal es sostenido por las cuerdas para dibujar un nuevo tema, pero toda la orquesta se une pronto en un crescendo de gran dramatismo, que culmina con la aparición en escena de un tormentoso, nocturno y abrupto paisaje. Con fuertes voces llama Wotan a Erda, la madre primigenia, para que despierte de su letargo. Desde las profundidades de una oscura gruta asciende entonces Erda, envuelta en un pálido y azulado resplandor, atraída por la poderosa magia del dios. Se pregunta por qué es arrancada de su sueño. Wotan le cuenta que vagó por el mundo para hacer acopio de conocimiento, pero nadie hay más sabio que ella. Así, pues, para obtener ahora conocimiento, ha despertado a la mujer más sabia del mundo.

Sin embargo, Erda le sugiere que pregunte a las Nornas -las equivalentes nórdicas a las Moiras griegas o a las Parcas romanas, personificaciones del fatum o destino-, que velan mientras ella duerme y tejen valientemente el hilo que ella conoce. Pero Wotan, quiere saber más: ¿cómo detener una rueda que gira? Le cuenta entonces Erda cómo parió una doncella, tras su fugaz unión con el dios, la audaz y también sabia Brünnhilde. ¿Por qué la ha despertado y no ha buscado el conocimiento de la hija de Wotan y Erda? Wotan le relata entonces el destino de la doncella, tras revelarse contra el dios supremo. Sumida en profundo sueño está, en la más alta roca tras una muralla de fuego, y sólo será despertada para amar a un hombre como esposa. Por tanto, ¿de qué valdría preguntarle?…

Confundida se encuentra la sabia Erda, tras escuchar los acontecimientos que le relata Wotan. Extraños le parecen los actos de dioses y hombres. Le pide al dios que la deje volver a su sueño imperecedero, mas el dios sabe que el ocaso de los dioses se acerca, y por el poder que posee sobre el hechizo que le permite despertar a la más sabia, le inquiere una vez más: ¿cómo puede el dios vencer su pesadumbre? Pero la diosa guarda silencio…

Al señorial welsungo deja ahora Wotan su herencia, al más audaz de los jóvenes, Siegfried, que ha encontrado el tesoro de los nibelungos, y despertará a la doncella Brünnhilde, porque el miedo le es ajeno. Entonces, al despertar de la doncella, se obrará el hecho que redime al mundo -el amor-. “Duerme ahora Erda, duerme…”, le insta el dios. “Desciende entonces, Erda, preocupación primigenia, al sueño imperecedero”. Vuelve así a sumergirse en la gruta la diosa, mientras Wotan aguarda al héroe que ya se adivina en lontananza.

Suena de nuevo la melodía del alegre pajarillo que anuncia la llegada de Siegfried. La tormenta cesa cuando aparece éste, y se encuentra con el pensativo vagabundo. Wotan interroga a su nieto y éste le contesta con juvenil ingenuidad. ¿Qué es lo que busca? le inquiere el dios. Una roca rodeada de fuego y sobre ella una mujer, pues así se lo ha dicho un pajarillo, cuyo canto comprende por el efecto de la sangre de un dragón que mató con la espada Notung, forjada por él, pero cuyo remoto origen ignora. Ríe resueltamente Wotan ante las sinceras respuestas del joven héroe.

Pero la impetuosidad del joven insta al viejo vagabundo a que le diga, de una vez, si conoce el camino hacia la mujer, y si no, que deje de hacerle tantas preguntas. Wotan apela a su cordura y le pide paciencia. El dios, cada vez más pensativo, habla de forma enigmática para el héroe. Éste sólo percibe que no quiere contestarle lo único que le interesa: el camino hacia la roca donde, rodeada de fuego, duerme una mujer. Exasperado, el héroe le amenaza, y Wotan se interpone, ahora desafiante con su lanza, entre Siegfried y el camino, en un último intento por retener su dominio. Siegfried lo contempla, extrañado, mas Wotan le advierte -mientras la orquesta evoca la música del último acto de “La Valkiria”- que su lanza ya rompió antaño en pedazos la espada que hoy blande orgulloso.

En lo alto, a lo lejos, se divisan ahora con tenue resplandor las columnas de fuego que rodean a la doncella. El héroe cree llegado el momento de vengarse del enemigo de su padre, y con un solo golpe de Notung rompe la lanza de Wotan. Un relámpago sale de ella, y un trueno estremece el escenario. Resignado, Wotan recoge los restos de su lanza, símbolo del poder y de las leyes. Exclama entonces el dios: “¡Sigue adelante! ¡No puedo detenerte!”. El ocaso de los dioses ha comenzado. Wotan, derrotado, se aleja, mientras el inocente Siegfried, ignorante de lo que ello representa, sólo ve alejarse a su enemigo vencido. La luz que brilla desde lo alto de la roca lo atrae cada vez más, y ya nada se interpone en su camino. Sin temor, escala la roca y se precipita entre las llamas…

Lentamente, reaparece el cielo azul sobre la alta roca. El fuego queda atrás, rodeando la cima sobre la que yace dormida Brünnhilde, tal y como Wotan la dejó al final de “La Valkiria”. Llega Siegfried, exhausto por el esfuerzo, pero maravillado de haber llegado a su ansiada meta. Bellísimos suenan nuevamente los violines que acompañan el deleite del risueño Siegfried al contemplar el páramo venturoso.

Se sorprende entonces el héroe al descubrir cerca una figura humana que yace inmóvil, y junto a ella un corcel, también sumido en profundo sueño. Contempla las armas fulgurantes, y cree que es un hombre en armas. Con sumo cuidado le quita el yelmo, y la rojiza cabellera de Brünnhilde cae sobre hombros y pecho. Luego corta los anillos que atan la coraza. Sin ésta, Brünhilde aparece con un simple traje femenino. Pero al rozar suavemente con su mano el pecho de la doncella, descubre Siegfried que no es un hombre lo que contempla ante sí.

Profundamente conmovido, no sabe qué hacer o decir, y temblando sólo acierta a balbucear: “¡Madre! ¡Madre! ¡Piensa en mí!” Por primera y única vez, a Siegfried le invade un profundo miedo, un desconocido temor. Dubitativo, se decide, al fin, a inclinarse y besar los dulces labios de la doncella. Entonces Brünhilde, lentamente, abre los ojos y se incorpora. Con un ademán solemne saluda al cielo y a la tierra, tan conocidos en otros tiempos. Ya no es semidiosa, ni valkiria, sólo una mujer… estremecida por el primer beso de amor.

El despertar de Brünnhilde es otro de los momentos musicales más hermosos de la obra. Su solemnidad se refleja tanto en su armonía, como en su opulenta y resplandeciente instrumentación. Las cuerdas sostienen de nuevo la melodía, en un motivo in crescendo, acompañado ocasionalmente del dulce tañido del arpa, que culmina con el éxtasis de la agradecida doncella, al saludar al sol, a la luz, al radiante día…

Brünnhilde contempla entonces al héroe que la ha despertado de su largo sueño. El temor inicial se transforma, poco a poco, en fortísima atracción entre ambos. Ni dioses, ni gigantes, ni enanos…, ni siquiera el Anillo, el centro de gravedad del monumental drama wagneriano, va a gravitar, a partir de ahora, sobre la relación entre estos dos seres excepcionales: Siegfried y Brünnhilde, Brünnhilde y Siegfried.

Las llamas de la pasión inflaman a los amantes, que entonan alegremente, al unísono, cánticos de alabanza, ante la dicha que ahora perciben. Y canta un eufórico Siegfried: “Es mía para siempre, siempre mía, mi herencia y mi yo, mi uno y mi todo”, y responde una exultante Brünnhilde: “Es mío para siempre, siempre mío, mi herencia y mi yo, mi uno y mi todo”. Se abrazan y besan, mientras trompas, trompetas, timbales… y luego toda la orquesta se une a ellos para culminar la obra en sublime torbellino.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Del Anillo wagneriano (II): "La Valkiria"

La primera jornada -segunda de la tetralogía tras el prólogo- del viaje del Anillo es “La Valkiria” (Die Walküre). Se trata, sin duda, de una de las obras maestras de la música de todas las épocas. Nos encontramos aquí ya, estructuralmente, con la habitual secuencia tripartita en tres actos, que va a ser la habitual en las tres jornadas.

Desde el punto de vista temático, aparecen en escena los hombres. Las infidelidades extramatrimoniales de Wotan, supremo dios del Walhalla, han engendrado, por un lado, a las valkirias -semidiosas hijas de Erda-, destinadas a proteger a los héroes valerosos en el campo de batalla, y a llevar a los caídos que lo merezcan al Walhalla, donde además servían a dioses y héroes en los banquetes que allí se celebraban; y por otro lado, a los welsungos, héroes destinados a las más gloriosas hazañas, pero también atados a la trágica maldición del Anillo.

El tenso preludio del primer acto, donde los contrabajos llevan la voz cantante en un ritmo agobiante, sugiere una terrible tormenta y la huida de un hombre perseguido y desesperado. Sin solución de continuidad, se alza el telón.

Acto I

Una rústica casa germana, en cuyo interior se eleva un enorme fresno. Entra un hombre y cae exhausto. Es Siegmund, que huye de sus perseguidores. Sieglinde, la mujer de la casa, lo recibe sorprendida creyendo que su marido, Hunding, ha regresado. Las cuerdas entonan entonces un dulce tema, el tema del amor, triste y sobrecogedor, como presintiendo el devenir que acontecerá. Mientras Sieglinde atiende al huésped y le sirve hidromiel, se percibe como ambos personajes se sienten hechizados el uno por el otro, sin comprender el por qué. Varios leitmotivs musicales se suceden, conformando una atmósfera donde amor y trágico destino se enlazan entre sí.


Se produce la entrada de Hunding, el hombre de la casa. El leitmotiv de éste, severo y fuerte, contrasta con los motivos de amor que animaban a su mujer y al forastero. Mientras Sieglinde prepara la cena, Hunding le ofrece hospitalidad al forastero, y le pide que diga su nombre y cuente su historia. Sin embargo, Hunding se inquieta, percibe lo mucho que se parece el forastero a su mujer. Siegmund cuenta lo que recuerda de su vida. Su padre se llamaba Wolfe -estirpe de lobos, uno de los sinónimos de Wotan en sus andanzas terrestres-, y tuvo una hermana gemela con la que vino al mundo. Los enemigos de Wolfe, los Neidlinge -hijos de la envidia- mataron a su madre, raptaron a su hermana e incendiaron su hogar. Padre e hijo vivieron proscritos en los bosques hasta que, en una furiosa cacería, el hijo perdió el rastro del padre, del que sólo encontró una piel de lobo vacía (la orquesta entona ahora el motivo del Walhalla, que recuerda a Wotan).

La desgracia lo persiguió desde entonces entre hombres y mujeres. Ahora acaba de perder sus armas en defensa de una joven a quien querían casar contra su voluntad. Hunding reconoce al fin al enemigo que persiguió aquel día durante la cacería. Como la hospitalidad es sagrada, lo acogerá esa noche, pero se batirán en duelo a muerte al día siguiente. Un largo interludio orquestal subraya sus frases. Hunding envía al aposento contiguo a su mujer, cuya mirada se cruza otra vez con la del forastero, señalándole el tronco donde una espada está clavada. El motivo de Sieglinde, cada vez más angustioso, pero a la vez dulce y esperanzado, se entrelaza con el del amor, y desemboca en el de la espada (un nuevo leitmotiv, la espada de Wotan).

El forastero queda solo. El leitmotiv de Hunding queda relegado al tenue ritmo de los timbales. Del silencio y la penumbra, se eleva el monólogo exaltado de Siegmund. Una espada le prometió su padre. Él la encontraría en la extrema necesidad. ¿Dónde está? Mientras brilla con fulgor la espada clavada en el tronco, vuelve a sonar, cada vez más nítido, el leitmotiv de la espada, pero el forastero no alcanza a comprender…

Aparece Sieglinde. Ha dado un narcótico a Hunding y acude angustiada para salvar al desconocido. Ahora es ella quién cuenta su propia historia. Fue casada con un hombre al que no quería. El día de la boda apareció en la fiesta un anciano vestido con amplia capa y sombrero que le cubría un ojo (nuevamente el motivo de Wotan en la orquesta). Éste clavó en el tronco una espada hasta la empuñadura, destinándola al más fuerte, y desapareció. Desde entonces muchos han tratado en vano de sacarla (son evidentes las reminiscencias artúricas de la espada como transmisora del poder legítimo). Ahora cree saber Sieglinde quién es el destinatario del arma y su vengador.

El forastero la abraza, confiado ahora de que mujer y espada son para él. La música se vuelve avasalladora. De los labios de Siegmund brota arrebatador el canto de su naciente amor. El canto cobra mayor intensidad y finaliza con jubiloso triunfo: “Tú eres la primavera por la que yo suspiraba”. Se abrazan extasiados y, al fin, recuerdan… y se reconocen como hermanos y amantes. Ambos son welsungos e hijos del mismo padre. Siegmund extrae entonces de un tirón la espada del tronco, y la llama Notung. La música estalla en un nuevo éxtasis ante el resplandor del acero y la inmensa pasión de los amantes. Notung la protegerá desde ahora, a hermana y novia. ¡Florece así, pues, la sangre de los welsungos!


Acto II

En el preludio se escucha, por vez primera, el tema imponente de las valkirias. Nos encontramos, al alzarse el telón, en una abrupta montaña. La introducción tempestuosa mezcla muchos motivos. Wotan instruye a Brünnhilde, hija y valkiria predilecta, para la lucha que va a tener lugar entre Siegmund y Hunding, que persigue a la pareja. La victoria debe ser para Siegmund el welsungo, su hijo. La alegre valkiria recibe gozosa sus indicaciones, con su grito característico, leitmotiv guerrero de Brünnhilde.

Llega furiosa Fricka, diosa del matrimonio y esposa de Wotan. La valquiria se va. Fricka reprocha a Wotan la protección a Siegmund, culpable de adulterio y de incesto. En nombre de sus propias leyes, le exige el castigo del welsungo. Wotan, en un principio, se niega. Él no considera adúltero a Siegmund, pues no es sagrado un matrimonio sin amor. Fricka le reprocha a Wotan sus infidelidades (entre ellas, su unión con una mortal, la madre de Siegmund y Sieglinde), y las trampas a sus propias leyes, en las que se basa su poder. Finalmente, Wotan, acosado, vencido, jura sacrificar al welsungo, tal y como le exige Fricka.

Tras la marcha de Fricka, vuelve Brünnhilde y encuentra a un Wotan sombrío y apesadumbrado, al igual que la música que acompaña la escena. Ante la insistencia de su hija, comienza un largo relato, en el que resume los hechos habidos largo tiempo atrás. El dios narra el robo del Oro del Rhin por Alberich, la maldición del anillo por el nibelungo, el incumplido pacto con los gigantes, el asesinato de Fasolt por su hermano Fafner. Confiesa su propio deseo de conocer de cerca los hilos del destino y su encuentro así con la mujer más sabia del mundo -Erda-, que le engendró nueve hijas, las valquirias (entre ellas, Brünnhilde). Culmina con la angustia de saber que Alberich logró engendrar un hijo que podrá ser su vengador. A él quiso oponer Wotan una estirpe de héroes, pero sin embargo, ahora ha de abandonar a Siegmund. La amenaza de que Alberich recupere el Anillo y con sus huestes vengadoras destruya el Walhalla se cierne sobre el destino de los dioses. El infortunio, pues, se ha apoderado también de Wotan, desde que éste tocó al Anillo maldito. Comprende ahora el dios que ya no es libre su voluntad, como antaño, y que su fin (y el de todos los dioses) se acerca inexorable.

Wotan exige a Brünnhilde que combata por Fricka, que Siegmund sea derrotado y le dé la victoria a Hunding. La valquiria se rebela ante esta orden, pues sabe que no es el íntimo deseo de su padre, pero él la amenaza con temible castigo si desobedece. La valquiria queda sola y triste. El tema de las valquirias se mezcla en la orquesta con el de los welsungos y el de la sentencia de Wotan.

Aparecen en escena Siegmund y Sieglinde, exhaustos por la huida. Sieglinde se muestra agitada y llena de terror, quiere huir sin descanso, no sólo de Hunding, sino de sí misma, pues se entregó a Siegmund mancillada por otra unión sin amor. Siegmund trata de calmarla hasta que ella se desmaya en sus brazos. Paulatinamente, el leitmotiv del amor que acompaña al solitario Siegmund cede al del destino y al del anuncio de la muerte, que en breve le predecirá Brünnhilde.

Reaparece la valkiria y revela a Siegmund que pronto deberá seguirla al Walhalla, junto a Wotan, donde integrará las huestes de los héroes, pues así lo ha dispuesto el dios supremo. Siegmund le pregunta si le seguirá Sieglinde, y ante la negativa, le contesta que entonces él tampoco seguirá a la valkiria. Brünnhilde le advierte que está forzado a seguirla quien ha contemplado la mirada de una valquiria. Siegmund se dispone a matar con su espada a Sieglinde y al hijo que ella ha concebido y lleva en su interior, para no dejarla sola en el mundo. Conmovida por los amantes, Brünnhilde decide tomar partido por Siegmund y protegerle en el combate. Desafiará por ellos la ira de Wotan. Monta en su caballo y desaparece.

Una densa niebla se extiende en la lejanía. A la llamada del cuerno de Hunding acude Siegmund. Sieglinde se mueve inquieta en sueños, hasta que una pesadilla la despierta. Aparecen los dos hombres, Siegmund y Hunding, que se enzarzan en fiera lucha, mientras los acordes de la orquesta se vuelven cada vez más exaltados. La oscuridad invade casi por completo la escena. Un relámpago permite ver a la valquiria al lado de Siegmund, protegiéndolo. Pero en el preciso momento en que éste ha de dar el golpe mortal, se escinde la niebla, y aparece Wotan, que con su lanza hace pedazos la espada del welsungo. En ese instante, Hunding hiere de muerte a Siegmund.

La valquiria recoge los pedazos de la espada y rápidamente huye con Sieglinde. Wotan se arrodilla desolado ante el héroe que agoniza. Lleno de amargura, se vuelve hacia Hunding y le insta a que comunique a Fricka el cumplimiento de la palabra dada. Con un despectivo gesto del dios, Hunding cae muerto. Estalla ahora incontenible la ira de Wotan, al que acompaña de nuevo la orquesta de forma impetuosa. Anuncia el castigo de la insolente Brünnhilde y, entre truenos y relámpagos, desaparece.

Acto III

Y llegamos así al tercer y último acto, uno de los momentos culminantes de toda la tetralogía, no sólo por su brillantez musical, sino porque Wotan toma ahora una de las decisiones que van a marcar el devenir de los acontecimientos en el resto del Anillo. El drama entre Wotan y Brünnhilde alcanza cotas insuperables, al compás de una música cuya emotividad rompe en mil pedazos las barreras auditivas para penetrar en lo más profundo de la sensibilidad humana.

El monumental preludio de la cabalgata de las valkirias -que hiciera tan popular el ataque del batallón de helicópteros del excéntrico teniente coronel Kilgore en “Apocalypse now”, la obra maestra de Coppola- marca el trepidante comienzo del acto. Ocho doncellas guerreras se reúnen cantando alegremente sobre la “roca de las valkirias”. Han traído a los héroes caídos en combate sobre sus cabalgaduras. Deben partir para el Walhalla a llevar el botín a Wotan. Pero no hallan a Brünnhilde, que se retrasa en demasía.

Aparece al fin Brünnhilde que trae a una mujer, no a un guerrero. Es Sieglinde y para ella pide protección a sus hermanas, a quienes cuenta lo que ha sucedido. Ninguna osa desobedecer a Wotan. Sieglinde quiere morir, pero la valkiria le anuncia al welsungo que lleva en su seno, infundiéndole así nuevas ansia de vivir. Le da los trozos de la espada Notung, y le pide que huya hacia el este, al bosque del gigante Fafner, donde estará a salvo de la ira de Wotan. Allí sufrirá infinitas penas que deberá soportar, pero deberá recordar que en su seno protector lleva al héroe más maravilloso del mundo: Siegfried. Brünnhilde se queda para ofrecerse a la venganza de Wotan.

¡Truenos y relámpagos…! Llega Wotan furioso en su corcel. Sin escuchar los ruegos de sus asustadas hermanas, la llama cobarde por ocultarse entre ellas para huir del justo castigo a su desobediencia. Al fin, se muestra Brünnhilde ante su padre, y entonces Wotan emite el terrible castigo: no será más una valkiria, no volverá al Walhalla, privada de su condición divina será, y destinada al primer hombre que la despierte del sueño en que será sumida. El destino del héroe aún nonato, Siegfried, ha sido sellado.

Se despiden con dolor las demás valquirias, y quedan solos padre e hija. La música se torna ahora más serena, después de los rudos temas de la escena anterior, y tiene lugar un hermoso diálogo, en el que Brünnhilde intenta justificar su acción apelando a los deseos más íntimos, a los sentimientos auténticos de Wotan, que ella conoce y representa. Todo es en vano. De sobra sabe Wotan, que su hija más fiel y querida interpretó su voluntad más auténtica, pero debe castigarla porque está preso de las leyes que el mismo creó, que lleva grabadas en las runas de su lanza y sobre las cuales descansa su poder.

Una última gracia le pide Brünnhilde a Wotan: que no la dé en premio al jactancioso cobarde, qué no sea insignificante quién la gane. Aunque, en un principio, Wotan se opone a tal muestra de clemencia, finalmente le concede que alrededor de ella arda un perpetuo fuego para que el hombre que la encuentre sea, por lo menos, valiente. Tanto ella como su padre piensan en el héroe que nacerá de Sieglinde como claramente lo revela la música.

Absolutamente conmovedora es la despedida de Wotan y su hija, tal vez, el instante más sublime de todo el Anillo. Nunca ha sido tan humano Wotan como en este momento, pues siente el dolor inmenso del padre que sabe que no volverá a contemplar a su amada hija, pero también percibe el dios, una vez más, como su ocaso se acerca con cada paso del destino. Al son de un leitmotiv de gran lirismo proclama Wotan su voluntad: “¡El cobarde huya de la roca de Brünnhilde, pues solo uno pretenda a la novia, el más libre que yo… el dios!”. Se abrazan padre e hija mientras la orquesta alcanza el clímax sonoro del leitmotiv.

Besa Wotan en los ojos a Brünnhilde, que cae dormida en los brazos de su padre -leitmotiv del sueño suave e insinuante-, y dulcemente la acuesta sobre la roca, le ciñe el casco y la cubre con su escudo. Invoca Wotan a Loge, dios del fuego -leitmotiv del “encantamiento del fuego”-, prendiendo una muralla de llamas alrededor de la roca en la que duerme Brünnhilde. Alza Wotan su lanza y anuncia: “¡Jamás atraviese el fuego quien tema la punta de mi lanza!”, cantado sobre el majestuoso motivo de Siegfried. Presintiendo el fin que ahora anhela como única salvación a sus sufrimientos, se aleja lentamente el dios, a través de las llamas que custodian a Brünnhilde.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Del Anillo wagneriano (I): "El Oro del Rhin"

Ante la sublime creación “El Anillo del Nibelungo” (Der Ring des Nibelungen) del compositor alemán Richard Wagner, todas las magnitudes dramáticas y musicales se tornan vanas, no sólo por su extensísima duración (casi 1000 minutos), sino por la profundidad del drama épico, la fuerza de los personajes, la unicidad que transmiten sus distintas partes para conformar un todo, el lirismo y variedad de los leitmotivs musicales que acompañan las escenas, las dimensiones orquestales necesarias para cubrir el extenso registro musical.

Es la orquesta, más gigantesca que nunca en la historia de la música hasta entonces, la que sostiene el drama, la que enlaza un leitmotiv con otro o los combina entre sí, a veces, en una auténtica espiral de frenesí. También la que produce los momentos más sublimes, más apoteósicos, mientras los cantantes se desplazan sobre los motivos musicales con suavidad, sin protagonismos vanos o estridentes, sin recitativos superfluos, sin lugar para el virtuosismo individual de la ópera italiana. En fin, todo en el ciclo del Anillo es de dimensiones sobrehumanas, hasta el punto que parece inaudito que una sola mente pudiera ser capaz de concebir libreto y música, y conseguir esa perfecta simbiosis entre ambas.

Varios aspectos, como la nazificación de la obra durante el régimen hitleriano, el supuesto antisemitismo del propio Wagner, el contexto histórico en el que fue concebida -el nacionalismo romántico alemán-, han contribuido en gran medida a contemplar esta monumental creación artística como una apoteosis del pangermanismo, de sus dioses y héroes, cuando, en realidad, encierra mucho más. En verdad, va más allá de cualquier pueblo, raza, o credo. Es la lucha del hombre mismo con el mundo la que se expresa en estos acordes orquestales y vocales. Las pasiones humanas, sus anhelos, sus frustraciones, sus iniquidades, su ansia de poder, el amor, la lealtad, el honor, todo ello reflejado en unos seres sobrenaturales (que no dejan de ser un reflejo del hombre), míticos sí, pero también humanos, demasiado humanos; y también en los propios hombres que acabarán por desplazar a un segundo plano a los anteriores. Como en casi toda la obra wagneriana, dos temas recurrentes confluyen en el drama musical: el ansia de poder y dominio del mundo, y sobre todo el poder redentor del amor.

Tres son las jornadas por las que transcurre el viaje del Anillo, precedidas por un prólogo introductorio o tarde preliminar: “El Oro del Rhin”. Estas jornadas son: “La Valkiria”, “Sigfrido” y finalmente “El Ocaso de los Dioses”. Comencemos, pues, nuestro viaje con el prólogo comentado.

“El Oro del Rhin” (Das Rheingold)


Wagner presenta aquí su mundo fantástico, dividido en tres planos: el mundo celestial presidido por los dioses supremos, con Wotan como deidad principal; el mundo de las profundidades de la tierra (Nibelheim), donde habitan los elfos negros o nibelungos; y el mundo terrenal, donde los gigantes son guiados por los poderosos hermanos Fasolt y Fafner. Tres esferas que van a enfrentarse por el dominio de un mundo, donde el hombre todavía es figura secundaria (de hecho, no aparece ningún ser humano en esta primera etapa del viaje). En torno a ellos se va a tejer la maldición del Anillo.


La música del preludio es el primer leitmotiv, el del Rhin. Acordes sucesivos se van uniendo paulatinamente en un escenario fluvial donde tres ninfas u ondinas (Woglinde, Wellgunde y Flosshilde) custodian un tesoro fabuloso: el oro del Rhin. Una profecía asegura que aquél que sea capaz de forjar un anillo con este oro, tendrá el dominio del mundo. Pero para forjarlo, deberá renunciar para siempre al amor. La dualidad wagneriana, típicamente romántica, emerge ya desde el comienzo.

Mientras las ninfas juegan en el río, surge la figura enigmática del nibelungo Alberich. La lujuria del enano le lleva a querer atrapar a las ninfas. Éstas se burlan de él y le cuentan la historia del oro. Alberich, herido por el fracaso de sus intentos amorosos, decide renunciar para siempre al amor y se apodera del oro. El trágico destino ha comenzado.

Tras un interludio orquestal, la siguiente escena nos lleva a la altura de las montañas, en cuyo más elevado punto se divisa una fantástica fortaleza, mientras suena majestuoso el tema musical del Walhalla, la morada de los dioses, que será también utilizado durante la obra como leitmotiv de Wotan. La magna obra del Walhalla está concluida al fin. Wotan prometió a los gigantes entregarles a la diosa Freia como premio por tan onerosa construcción. Su esposa, Fricka, le recuerda el precio convenido, pero Wotan no está dispuesto a ceder tan fácilmente un bien tan precioso para los dioses.

La aparición de Fasolt y Fafner, los gigantes, empuñando enormes mazas, se acompaña musicalmente con el rudo y torpe leitmotiv que acompañará a estos seres durante toda la obra. Vienen a reclamar su pago. Pero Wotan no está dispuesto a ceder a Freia, y espera con angustia la llegada del semidios Loge, que le ha prometido resolver el dilema. Sin embargo, el dios supremo está atado a los pactos, a la palabra dada. Nunca se sintió Wotan tan empequeñecido. Los gigantes ansían la belleza de Freia, que para ellos vale más que cualquier fortaleza, fría y gris. Freia es, por otra parte, la guardiana de los manzanos, cuyos frutos confieren la juventud eterna a los dioses. Los gigantes quieren llevarse a Freia cuanto antes, pero los dioses Froh y Donner se interponen, amenazándolos.

En ese instante aparece el astuto Loge, viajero incansable por el mundo. Trae para Wotan un mensaje de las ninfas del Rhin que quieren recuperar el oro. Pero también cuenta como Alberich ha renunciado al amor y ha forjado un anillo para el dominio del mundo. Dioses y gigantes sienten la amenaza que se cierne ahora sobre ellos. Hay que apoderarse del anillo, y Loge utilizará su astucia para hacerlo. Los gigantes deliberan, renunciarían a Freia a cambio del oro. Le conceden a Wotan plazo hasta la noche. O Freia o el oro. Se llevan a la asustada diosa en calidad de rehén.

Se produce entonces un inusitado cambio en los dioses. Una pálida neblina se extiende por doquier y vierte un aire marchito sobre los semblantes de los dioses. Es un presagio de lo que les aguarda si pierden a Freia: el fin de la eterna juventud, ya que sólo ella sabe cuidar el jardín con el fruto divino. Wotan se yergue entonces con resolución: “¡A Nibelheim, el reino de los nibelungos!” Loge le guiará.

Durante el interludio orquestal, el escenario vuelve a cambiar. Nos encontramos ahora en las oscuras profundidades de la tierra. Un rumor creciente de martillos golpeando sobre yunques surge de entre galerías y pasillos subterráneos. El martilleo se apoya, en los últimos compases del interludio, por fuertes ritmos de la orquesta, conformando el leitmotiv de los nibelungos. Alberich reina aquí, en el Nibelheim, como supremo tirano, desde que posee el oro. Ha esclavizado a su hermano Mime y a todos los nibelungos, a los que hace trabajar sin descanso. A Mime le ha encargado forjar un yelmo mágico (el tarnhelm) que permite a su poseedor adoptar cualquier forma y hacerse invisible a voluntad.

Alberich reconoce a los dioses, y aunque desconfía de ellos, el vanidoso deseo de lucir su poder es más fuerte que todo. Los visitantes le adulan. Ha llegado hasta el Walhalla la noticia de la omnipotencia del nibelungo y han descendido al Nibelheim para ser testigos de ella. Hábilmente, Loge le inquiere si no teme perder el poder que ha adquirido y que se lo roben cuando duerma. Alberich le replica entonces que el yelmo le permite adoptar cualquier forma o hacerse invisible, poniéndose a salvo de cualquier peligro. Ante la incredulidad de Loge, Alberich se decide a mostrar su poder. Toma la forma de una gigantesca serpiente ante el pavor de Loge. Pero, le inquiere Loge: ¿y si necesita hacerse infinitamente pequeño? Ríe Alberich que, cayendo en la hábil trampa tejida por Loge, se convierte en un sapo, momento que aprovechan los dioses para atrapar al nibelungo, atarlo y quitarle el yelmo. Alberich ha sido fácilmente engañado, víctima de su propia vanidad.

Tras el interludio orquestal, volvemos al escenario montañoso. Wotan y Loge traen a Alberich fuertemente atado. El enano debe pagar un rescate si quiere ser liberado. Alberich se resigna a ceder el oro, con la esperanza de que, reteniendo el anillo, podrá pronto recuperar el tesoro perdido. Pero Wotan insiste en la entrega también del anillo. Alberich prefiere morir antes que entregar su más preciada joya. Así que Wotan se lo arranca del dedo por la fuerza.

Tras ser liberado, el enano lanza entonces la temible maldición para cualquiera que posea el anillo: “…qué su magia dé ahora la muerte a quien lo lleve. No alegrará a ningún hombre dichoso. Su luminoso resplandor no sonreirá a nadie feliz. A quien lo posea le atormentará la desazón, y a quien no, le corroerá la envidia. ¡Todos ansiarán poseerlo, pero ninguno disfrutará su provecho!…”

Poderoso se siente ahora Wotan, dueño del anillo. Aparecen los gigantes con Freia. Piden su rescate en oro y se les entrega el tesoro del nibelungo, incluido el yelmo. Pero no es suficiente, quieren el anillo que lleva Wotan en su dedo. Wotan se niega y se resiste a entregar lo que tanto poder le ha conferido. De entre las rocas surge entonces Erda, la madre-tierra, que profetiza por vez primera el ocaso de los dioses y advierte a Wotan de la maldición que acarrea el anillo. Abatido y confuso por el mensaje de Erda, Wotan cede al fin, y entrega el anillo a los gigantes. Freia es liberada. Enseguida se enzarzan los gigantes en el reparto del tesoro. La maldición comienza a surtir efecto, pues Fafner mata a su hermano Fasolt para apoderarse del anillo.

Los dioses quedan entonces pensativos, mientras las brumas sofocantes invaden el ambiente, impidiendo ver con claridad el Walhalla. Donner, en uno de los momentos culminantes de la tensión orquestal, llama a los vientos y al trueno, y con un golpe de su martillo disipa la niebla para hacer emerger de nuevo el camino hacia la fortaleza indemne. Suena de nuevo, claro y límpido, el leitmotiv del Walhalla. Wotan y los dioses se dirigen entonces con parsimonia a la divina morada -Loge duda en seguirles-, mientras en la lejanía se escuchan de nuevo los cantos de las ninfas del Rhin que lamentan la pérdida del oro.

domingo, 23 de agosto de 2009

De Diógenes de Sinope

Diógenes “el cínico” (ca. 404-323 a.C.) es una de las figuras más enigmáticas de toda la filosofía griega, en gran medida por cuánto sus escritos no han perdurado, y porque sus enseñanzas se han mezclado con las abundantes anécdotas legendarias fruto de su propia existencia singular. En este sentido, es difícil, si no imposible, desligar el Diógenes histórico del mito de Diógenes.

Se trata, por otra parte, de una de las personalidades más originales de todo el pensamiento griego, y aunque podría trazarse tal vez una línea de pensamiento (maestro-discípulo) que fuera desde Sócrates, pasando por Antístenes, el propio Diógenes, Crates, y finalmente Zenón de Ctio (fundador de la escuela estoica), ni la escuela denominada “cínica”, cuyo precursor es Antístenes, puede considerarse estrictamente como tal, ni Diógenes puede entenderse como un simple pensador o creador de una cierta línea de pensamiento o conocimiento, a la manera de Sócrates, Platón o Aristóteles, por ejemplo.

Uno de los primeros problemas con que nos encontramos al profundizar en la figura histórica de Diógenes es la escasez de fuentes. La que se ha convertido en referencia fundamental es la pseudobiografía escrita por el historiador griego del siglo III d.C. Diógenes Laercio. En los diez tomos de su obra doxográfica Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, Laercio dedicó el Libro VI completo a la escuela cínica, incluyendo evidentemente a su figura más eminente, su homónimo Diógenes. No obstante, tampoco puede considerarse una biografía como tal, sino más bien un compendio de anécdotas de la vida de Diógenes (algunas más cerca de la leyenda que de la verdad histórica), sentencias del propio Diógenes, comentarios de otros filósofos sobre éste, etc. Por tanto, habremos de movernos por arenas muy movedizas para poder extraer una guía mínimamente fiable sobre los quehaceres y pensamientos de esta figura singular, sin olvidar que, en la exégesis de textos antiguos, el elemento mítico o legendario no se debe despreciar, ya que esconde en muchas ocasiones elementos que coadyuvan al conocimiento de los hechos.

Sus orígenes

Diógenes era natural de Sinope, colonia griega situada en la costa meridional del Ponto Euxino (Mar Negro), en la actual Turquía. Aquí nació hacia el 404 a.C., coincidiendo con el fin de la Guerra del Peloponeso entre atenienses y espartanos. Era hijo de Hicesio, un banquero. Según varias fuentes, su padre, encargado de la banca estatal, falsificó la moneda, por lo que Diógenes tuvo que marchar al destierro con su padre. Otras fuentes le atribuyen la falsificación al propio Diógenes.

El caso es que marchó a Atenas, donde entró en contacto con Antístenes, antiguo discípulo de Sócrates (condenado a muerte en el 399 a.C.), que aunque trató de rechazarlo porque no admitía a nadie en su compañía, le obligó a admitirlo por su perseverancia. Así, una vez que levantaba contra él su bastón, Diógenes le ofreció su cabeza y dijo: “¡Pega! No encontrarás un palo tan duro que me aparte de ti mientras yo crea que dices algo importante”. Desde entonces fue discípulo suyo, y como exiliado que era, adoptó un modo de vivir frugal.

La secta del perro

Pronto a Diógenes se le empezó a conocer con el apodo de “el perro”. En un principio tenía una connotación claramente despectiva, ya que el perro era en la antigua Grecia el animal impúdico por excelencia, pues hacía sus necesidades en cualquier sitio, vivía donde podía y ladraba a quien le apetecía. Según Laercio el término cínicos proviene del nombre del gimnasio de Cynosarges (”del perro blanco”), situado en las afueras de Atenas, dónde conversaba Antístenes. Pero es más probable que fuera Diógenes el primero en recibir tal adjetivo (Kynikos en griego significaba perro), y él halló muy justificado el calificativo y se enorgulleció de él.

Frente al uso de túnica (chitón) y manto (himátion), los cínicos se impondrán como austera y única prenda el basto tejido de estameña: el famoso tribón, que puede doblarse para protegerse del frío y por la noche como cobertor. De Antístenes, aprendió Diógenes que es enseñable la virtud. Que la virtud es suficiente en sí misma para la felicidad, sin necesitar nada a no ser la fortaleza socrática. Que la virtud está en los hechos, y no requiere ni muy numerosas palabras ni conocimientos. Que el sabio es autosuficiente, pues los bienes de los demás son todos suyos. Que la impopularidad (adoxia) es un bien y otro tanto el esfuerzo. Que el sabio vivirá no de acuerdo con las leyes establecidas, sino de acuerdo con la de la virtud (areté).

Así, según cuenta Laercio, al observar a un ratón que corría de aquí para allá, sin preocuparse de un sitio para dormir y sin cuidarse de la oscuridad o de perseguir cualquiera de las comodidades convencionales, encontró una solución para adaptarse a sus circunstancias. Fue el primero en doblarse el vestido, según algunos por tener necesidades incluso de dormir en él. Se proveyó de un morral, donde llevaba sus provisiones, y se acostumbró a usar cualquier lugar para cualquier cosa (como un perro), fuera comer, dormir o dialogar.

El Diógenes satírico

Para comprender el mensaje fundamentalmente crítico y nada conciliador de Diógenes hay que conocer el contexto histórico en que se movía la sociedad griega del momento. En el siglo IV a.C., las polis como Atenas, Esparta, Corinto o Tebas habían entrado en una crisis profunda de sus instituciones; demagogos sin escrúpulos pululaban por doquier, y el afán de notoriedad y de lujo proveniente de las influencias orientalizantes se extendía entre las clases más pudientes. Además, una nueva potencia, Macedonia, iba a someter con puño de hierro a todas las polis, ahogando las escasas ansias de libertad de éstas. Tras la batalla de Queronea (338 a.C.) y el triunfo de Filipo de Macedonia, la antaño hegemónica Atenas no volvería jamás a brillar como en la época de Temístocles o Pericles.

Diógenes se rebela contra los valores de esta sociedad en crisis, caduca y carente de verdadera libertad. Reivindica al individuo sobre una sociedad que ahoga sus ansias de romper las cadenas invisibles a las que se encuentra sometido: el consumo, las convenciones, el progreso, la moral. Para ello, va a utilizar el dardo de la palabra, creando un humor verdaderamente corrosivo, desvergonzado, que va a penetrar en las conciencias de sus congéneres como una cuña que, con el tiempo, hará su efecto. Estoicos, epicúreos, y demás escuelas postsocráticas beberán de sus enseñanzas.

Cuenta Laercio que Diógenes era terrible para denostar a los demás. A la enseñanza de Platón la llamaba tiempo perdido, a las representaciones dionisíacas grandes espectáculos para necios y a los demagogos los calificaba de siervos de la masa. Decía también que cuando en la vida observaba a los pilotos, médicos y filósofos, pensaba que el hombre era el más inteligente de los animales; pero cuando advertía, en cambio, la presencia de intérpretes de sueños y adivinos y sus adeptos, o veía a los figurones engreídos por su fama o su riqueza, pensaba que nada hay más vacuo que el hombre.

Cuando Diógenes fue, en una ocasión, cogido prisionero y vendido como esclavo, le preguntaron qué sabía hacer. El respondió: “Gobernar hombres. Pregunta si hay alguien que quiere comprarse un amo”. Lo compró un tal Jeníades, que lo nombró el tutor de sus hijos. Les enseñó a cuidarse de sí mismos, usando de una alimentación sencilla y bebiendo sólo agua. Los llevaba con el pelo rapado y sin adornos, y los habituaba a ir sin túnica y sin calzado, silenciosos y sin reparar más que en sí mismos en las calles.

La desvergüenza de Diógenes no conocía límites y en una ocasión, al invitarle uno a una mansión muy lujosa y prohibirle escupir, después de aclararse la garganta le escupió en la cara, alegando que no había encontrado otro lugar más sucio para hacerlo. En otra ocasión, exclamó: “¡A mí, hombres!”. Cuando acudieron algunos, los ahuyentó con su bastón, diciendo: “¡Clamé por hombres, no desperdicios!”. Haciendo honor a su apodo, el perro, no tenía Diógenes ningún recato en solventar sus necesidades básicas en cualquier lugar que fuera menester. Así, al ser increpado por masturbarse sin pudor en medio del ágora, replicó con su habitual desparpajo: “¡Ojalá fuera posible frotarse también el vientre para no tener hambre!”.

Con los famosos o los poderosos tampoco tenía Diógenes ningún recato a la hora de mostrarles su ignorancia. Es conocida la anécdota de su encuentro con Alejandro Magno en Corinto. Cuando el gran rey le concedió lo que deseara, el cínico le respondió simplemente que se apartara, ya que no le dejaba ver el sol. Muy probablemente se trate de una anécdota falsa, pues Alejandro todavía no era el gran rey conquistador de Asia en la época en la que pudo tener lugar dicho encuentro. Fueron también habituales sus desencuentros con Platón, el cual no dudo en denominarle “un Sócrates enloquecido”. Cuando Platón en una ocasión definiera, ante sus discípulos, al hombre como un “bípedo implume”, Diógenes desplumó a un gallo y lo soltó ante sus discípulos, diciendo: “ahí tenéis al hombre de Platón”. Desde entonces, a esa definición se agregó “y de uñas planas”.

¿Qué era lo que buscaba Diógenes con esta actitud irónica y desvergonzada? Reivindicaba, como hemos comentado, al individuo y su libertad, prescindiendo de todo lo superfluo con que la sociedad le ahoga. Pero no se le puede considerar un individuo asocial, en el sentido de que, aunque fuera el primer cosmopolita, nunca abandonó la sociedad para convertirse en un eremita, no huyó a la montaña como un Zaratustra, sino que permaneció entre los hombres cual daimon que agitara sus conciencias. En una ocasión, tras una representación teatral, al salir el público del teatro, se encontraron con Diógenes que entraba en ese momento. Al preguntarle qué es lo que hacía, les contestó: “Esto es lo que llevo haciendo durante toda mi vida”. En efecto, siempre a contracorriente nadó Diógenes, en medio de aguas turbulentas, pero él siempre se mantuvo a flote sin más sostén que su propia conciencia.

Diógenes era sarcástico en las situaciones más insospechadas. Su lengua además de brillante era de un ingenio voraz, sobre todo cuando le censuraban por sus errores del pasado. Así, cuando le recordaron que los sinopenses le habían condenado al destierro, el respondió: “y yo a ellos a permanecer en su ciudad”. Y a uno que le censuraba por haber falsificado la moneda, le dijo: “Hubo una vez una época en que yo era como tú ahora; pero como yo soy ahora, tú no serás jamás”.

La ética de Diógenes

No tuvo, sin embargo, Diógenes intención de crear escuela, es decir, el proselitismo no fue uno de los móviles por los que se moverían los cínicos (en esto también radica su originalidad). Sus enseñanzas no se impartían, como hemos visto, con diálogos o extensos discursos, a través de métodos inductivos como la mayéutica socrática, o a través de silogismos más o menos complejos. Diógenes no creía en la necesidad de crear una Academia como la de Platón, o un Liceo como el de Aristóteles. Para él, la vida era la mejor escuela y el ejemplo de sus actos, la mejor enseñanza para ser un hombre.

Decía Diógenes que hay un doble entrenamiento: el del espíritu y el del cuerpo. En éste, por medio del ejercicio constante, se crean imágenes que contribuyen a la ágil disposición en favor de las acciones virtuosas. Pero que era incompleto el uno sin el otro, porque la buena disposición y el vigor eran ambos muy convenientes, tanto para el espíritu como para el cuerpo. Decía que en la vida nada en absoluto se consigue sin entrenamiento, y que éste es capaz de mejorarlo todo. Que deben, en lugar de fatigas inútiles, elegir aquéllas que están de acuerdo con la naturaleza quienes quieren vivir felices, y que son desgraciados por su necedad. Incluso el desprecio del placer, una vez practicado, resulta muy placentero. Y así como los acostumbrados a vivir placenteramente cambian a la situación contraria con disgusto, así los que se han ejercitado en lo contrario desprecian con gran gozo los placeres mismos (he aquí una máxima que adoptarán luego Zenón y los estoicos).

Acerca de la ley opinaba Diógenes que sin ella no es posible la vida democrática; y que sin una ciudad democrática no hay ningún beneficio del ser civilizado. La ciudad es civilización. No hay ningún beneficio de la ley sin una ciudad. Por tanto, la ley es un producto de la civilización. Se burlaba de la nobleza de nacimiento y de la fama, y de todos los otros timbres honoríficos, diciendo que eran adornos externos del vicio. Decía que sólo hay un gobierno justo: el del universo; y que las mujeres debían ser comunes, sin establecer ningún matrimonio, sino que el que persuadiera a una se uniera con la que había persuadido. Por eso, también los hijos debían de ser comunes. Además de permitir el incesto, no le parecía tampoco impío el devorar trozos de carne humana, como ejemplificaba que hacían otros pueblos.

La muerte de Diógenes

Laercio dice que Diógenes murió tras haber vivido una larga vida (en el 323 a.C., “casualmente” el mismo año que moría en Babilonia el Gran Alejandro). Acerca de su muerte, se cuentan también versiones diversas. Unos dicen que, después de haberse comido un pulpo vivo, tuvo un tremendo cólico y murió a consecuencia de éste. Otros dicen que fue por contener su respiración (algo imposible). Otros que, cuando trataba de repartir un pulpo entre unos perros, le mordieron en un tendón de la pierna y cayó al suelo. El caso es que sus amigos lo encontraron donde vivía por aquel entonces, en el gimnasio a la entrada de Corinto, y lo hallaron envuelto en su ropa y creyeron que dormía. Luego, al levantar el pliegue de su manto, lo encontraron exánime, y sospecharon que había hecho tal cosa con la intención de escapar a lo que le quedaba de vida.

Algunos dicen que, al morir, encargó que lo dejaran sin enterrar para que cualquier animal pudiera alimentarse de él, o que lo arrojasen a un hoyo y le echaran encima un poco de polvo. Pero Laercio cuenta que lo enterraron junto al portón que mira hacia el istmo corintio. Sobre la tumba alzaron una columna, y sobre ella un perro de mármol de Paros. Después le honraron con estatuas de bronce y pusieron esta inscripción:

“Hasta el bronce envejece con el tiempo, pero en nada
tu gloria la eternidad entera, Diógenes, mellará.
 Pues que tú solo diste lección de autosuficiencia a los mortales
con tu vida, y mostraste el camino más ligero del vivir”.