sábado, 10 de diciembre de 2011

Exposiciones en El Prado (III): "El Hermitage en El Prado"

Imprescindible se antoja la visita pausada a la muestra que en estos meses podemos contemplar en la pinacoteca madrileña con la suntuosa y completísima selección de obras procedentes de uno de los museos más importantes del mundo: el Hermitage de San Petersburgo. Una colección de tal magnitud sólo pudo ser posible gracias al mecenazgo de los zares, fundamentalmente Pedro I el Grande, Catalina II la Grande y Nicolás I, en una labor continuada luego en el siglo XX por coleccionistas y mecenas privados, además de la intervención estatal.

La exposición reúne más de cien obras que incluyen, además de pintura y escultura, exquisitas piezas de orfebrería procedentes de pueblos anteriores a nuestra era como los escitas, joyas del famoso diseñador de la familia imperial Carl Fabergé, trajes de época, y así un largo etcétera, para conformar una exposición que representa fielmente la grandeza enciclopédica del Hermitage.

Ante la imposibilidad de abordar en su totalidad tal cantidad y calidad de obras, nos centraremos en algunas de las varias obras maestras de las denominadas artes mayores (pintura y escultura) que tenemos el privilegio de contemplar por primera vez en El Prado. En pintura, la muestra cubre el extenso registro cronológico que va desde el Renacimiento hasta el pleno siglo XX, desde Tiziano hasta Kandinsky.

Tras una primera sección de excelentes paisajes descriptivos del San Petersburgo neoclásico y de las fabulosas estancias del museo-palacio, podemos deleitarnos con una obra maestra de Michelangelo Merisi da Caravaggio, como es El tañedor de laúd (1596), en el que la luz incide en diagonal desde la izquierda sobre el rostro del joven músico de mirada lánguida, que nos recuerda a la del joven Baco de la galería de los Uffizi, pintado también por Caravaggio. El laúd y el violín están pintados con inusitado detalle, al igual que el bodegón de frutas y flores situado, casi en la penumbra, a la izquierda del cuadro. En la partitura leemos una frase misteriosa: "Voi sapete chio v'amo" ("Sabed que os amo"). ¿Tal vez una declaración de amor expresada a través del arte musical?

Siguiendo nuestro recorrido por el Barroco pictórico, la pintura holandesa, de la que el Hermitage posee una magnífica colección, nos presenta dos obras del genio de Leiden, Rembrandt, una de su época tardía, de profunda carga psicológica, y otra de una etapa temprana, en concreto, Retrato de un estudioso (1631), en la que el retratado vuelve su mirada hacia el espectador con gesto sorprendido, como si acabara de ser interrumpido en su labor de estudio del voluminoso libro situado sobre el atril. La "pintura de calidades", tan representativa del arte holandés y flamenco, y tan del gusto de los zares, se contempla aquí en toda su expresión, desde los detalles de la manga de seda negra, el cuello, las arrugadas manos, la tela de la mesa, todo sobre un fondo en penumbra del que emerge la figura del estudioso, lo que denota la clara influencia de la obra de Caravaggio.

Cercano al cuadro anterior, nos encontramos con una obra de juventud digna del genio de Velázquez. Pintada todavía en su Sevilla natal, antes de trasladarse a Madrid, El almuerzo (1617), sin llegar a la maestría de sus obras de madurez, ya deja intuir su análisis de los personajes, de sus posturas, del realismo de sus rostros (piénsese, por ejemplo, en Los borrachos). Además, el pintor sevillano muestra ya un indudable dominio del pincel en el tratamiento de las texturas de los objetos (obsérvese la transparencia del cristal en el vaso situado a la izquierda, o el cuchillo cuya empuñadura sobresale del borde de la mesa).

Terminaremos nuestra pequeña cita con el barroco con un bodegón del holandés Willem Kalf, pintor especializado en el singular género de las naturalezas muertas. Sus motivos son recurrentes en varias  obras de su escaso repertorio. Aquí encontramos una copa de oro en el centro, una copa de vino a la izquierda y diversos frutos, de los que el limón pelado se repite recurrentemente en varios de sus bodegones. El tratamiento de las diferentes superficies, sean metal, vidrio, porcelana, o la piel de las propias frutas demuestran el talento excepcional de Kalf.



La escultura, aunque de escasa representación en la muestra si la comparamos con el repertorio pictórico, nos presenta, sin embargo, obras de reconocida valía, destacando especialmente las del periodo neoclásico, magníficamente representado por tres escultores de la talla de Antonio Canova, Bertel Thorvaldsen y Jean-Antoine Houdon. El italiano Canova y el danés Thorvaldsen son probablemente las dos figuras más eminentes de la escultura neoclásica. El estilo del primero se encuentra más cercano a un clasicismo de corte helenístico, menos contenido, más expresivo que el clasicismo de corte arcaico de Thorvaldsen.

Ese "pathos" de Canova se puede percibir perfectamente en su Magdalena penitente (1808), donde la figura arrodillada, con las manos sobre sus muslos y vueltas hacia arriba, deja traslucir su inmenso dolor, al igual que sus languidecientes ojos y su boca entreabierta nos permiten intuir las lágrimas vertidas y la penitencia que acompaña al arrepentimiento. Del escultor danés tenemos un busto del zar Alejandro I (1820), de gran sencillez y belleza idealizada, que denota su admiración por el estilo más clásico de la escultura griega.

Por su parte, el francés Houdon es conocido por sus esculturas que representan a personajes singulares de la Ilustración francesa, como Diderot, Voltaire, o Condorcet, entre otros. En esta exposición, encontramos un busto del filósofo Voltaire (1778), tan estimado por la emperatriz Catalina II, al que Houdon representa con la característica toga senatorial romana. Sin dejar de lado la idealización propia de la Antigüedad, Houdon quiso ser verídico con sus retratos, de forma que éstos reflejaran a la perfección los rasgos de los rostros de las personalidades, así como sus principales características psicológicas.

Finalmente, la superación definitiva del academicismo llegó con la figura personalísima de Auguste Rodin, que de su monumental obra Las puertas del Infierno, inspirado en la "Divina Comedia" de Dante, extrajo varios modelos que luego fueron esculpidos como obras independientes (entre ellas, su famosísima El pensador). El tema del beso entre los amantes ya aparece en Las puertas, y en La primavera eterna (1906), contemplamos como los amantes surgen entrelazados del bloque de mármol, fundiéndose entre sí y con el propio bloque del que parecen nacer, para formar así un solo ser.

También los siglos XIX y XX están espléndidamente representados en la muestra pictórica del Hermitage. El periodo romántico cuenta con la presencia del alemán Caspar Friedrich, cuya obra Amanecer en las montañas (1823), sin ser una de sus más conocidas, refleja el espíritu romántico que animaba a Friedrich. No se trata de un simple paisaje, en el que dos minúsculas figuras contemplan desde un pico montañoso la inmensidad de la Naturaleza, sino que subyace una espiritualidad ascética basada en el contraste entre el pequeño tamaño del hombre enfrentado a la inmensidad del Cosmos. El dominio de la luz, el menudo realismo de los detalles, la perfecta composición, todo ello sirve a una profunda mirada interior que conlleva un mensaje de honda espiritualidad.

El impresionismo de finales del XIX tiene dos de sus figuras más relevantes en Monet y Renoir. El primero fue, tal vez, el más preocupado por el estudio de la luz, el más paisajista y también el que produce una obra "más abstracta", pero desde unos presupuestos totalmente figurativos. En El estanque en Montgeron (1876), Monet vuelca toda su sabiduría en el conocimiento de la luz y del color, y con pinceladas cortas y sueltas, casi puntillistas, elabora una composición equilibrada, donde los reflejos de los árboles en el agua alcanzan, sin necesidad de recurrir al detalle, una perfecta "impresión" en nuestra retina. Toda la atmósfera parece disolverse a medida que el espectador se acerca al cuadro, pero al alejarse de éste, todo vuelve "a encajar" como en un puzle.


Pierre-Auguste Renoir fue sobre todo un pintor de figuras, especialmente femeninas. Es capaz de combinar la pincelada suelta típica impresionista con el dibujo detallado en una parte concreta del cuadro, como sucede en este encantador Niña con una fusta (1885), en el que llama la atención la mirada de la niña, esos ojos que siempre denotan una profunda expresividad en los retratos de Renoir, como si quisiera representar el aire risueño y bohemio del Montmartre parisino.



Tras los "experimentos" cubistas de Picasso y Braque, que rompieron con el punto de vista monofocal, Wassily Kandinsky, entre otros, fue un paso más allá, y tras una primera etapa figurativa, suprime del cuadro la representación, dando lugar a la abstracción. En su texto Sobre lo espiritual en el arte (1910), Kandinsky explica que toda forma tiene un contenido propio, intrínseco, y no se trata de un contenido objetivo o de conocimiento, sino de un contenido-fuerza, una capacidad de actuar en cuanto estímulo psicológico. Así, un triángulo suscita movimientos espirituales distintos a los que suscita un círculo: el primero da la sensación de algo que tiende hacia arriba, el segundo es algo concluido. Lo mismo ocurre con los colores, el amarillo tiene un contenido semántico distinto del azul. El contenido semántico de una forma cambia también  según el color al que está vinculada.

En una primera etapa, Kandinsky concibió la abstracción como una expresión de manchas, líneas y colores que responden a una "necesidad interior" desvinculada de relaciones exteriores de la realidad. A esta etapa pertenece Composición VI (1913), pura improvisación no desprovista de cierto "orden", pero todavía lejos del cambio radical que experimentaría en los años veinte, cuando iniciaría una abstracción realizada a base de combinaciones de formas geométricas puras. Junto a la obra de Kandinsky, concluye la exposición con una perfecta muestra de una de las primeras tendencias abstractas de la escuela rusa: el "suprematismo", creado por el pintor ruso Malevich, que proclama la supremacía de la forma geométrica, llevando la abstracción a una esencialidad límite y extrema, como podemos contemplar en su Cuadrado negro (1932).

En definitiva, en estos tiempos de zozobra e incertidumbre ante el futuro venidero, no viene nada mal distraer algo de nuestro ajetreado tiempo para paladear estas excepcionales creaciones artísticas del ser humano, capaz, como bien sabemos, de las mayores aberraciones inimaginables, pero, al mismo tiempo y en eterna contradicción, fuente de creación de las obras más sublimes.







sábado, 13 de agosto de 2011

De la decadencia de Occidente

La Historia, que es magistra vitae como postulaba Cicerón, nos cuenta que, desde los albores del hombre, desde la revolución neolítica tras la que el individuo se sedentarizó y decidió agruparse en comunidades, todas las civilizaciones han pasado por diferentes estadios de nacimiento, desarrollo, auge o esplendor, decadencia, y caída. Algunas no pasaron más allá de sus primeras etapas, de sus balbuceos iniciales, y se derrumbaron por diferentes motivos, sin dejar su huella imperecedera en la historia de los pueblos. Otras, en cambio, como Roma, se convirtieron en hegemónicas y construyeron una realidad que perduró incluso siglos después de su caída.

¿Cómo se derrumba una civilización? Aunque los factores exógenos son indudablemente importantes, el germen de la decadencia es casi siempre de carácter endógeno. Lo que provoca el comienzo del fin de una civilización es fundamentalmente la falta de creencia en sí misma, esto es, en los valores que antaño fueron los responsables de su propia ascensión como entidad dominante en los diferentes ámbitos (político, cultural, militar, religioso, etc.). Estos valores suelen forjarse con titánico esfuerzo, con sufrimiento, conflictos, dudas..., y en muchos casos, no llegan a buen puerto. Tras superar las tremendas dificultades que llevan a un efímero apogeo -del que no son conscientes los propios contemporáneos, sino sólo la posteridad-, ocurre habitualmente que la molicie lleva a olvidar, de forma lenta, imperceptible, pero inexorable, los esfuerzos que antaño permitieron construir tan meritorio edificio.

Una gran civilización no cae de repente, puesto que si ha alcanzado el estadio de esplendor es porque sus cimientos han alcanzado un alto grado de solidez. Es el germen de su autodestrucción el que va horadando poco a poco dichos cimientos, como un ejército de termitas horada la madera. Hasta que, finalmente, con algún impulso externo de menor o mayor magnitud, el golpe de gracia hace que el edificio termine por desplomarse. Así, por ejemplo, el Imperio Romano de Occidente tardo varios siglos en caer, desde la crisis o anarquía del siglo III, e incluso probablemente antes, estaba ya herido de muerte, aunque su definitiva desaparición no tuviera lugar hasta las postrimerías del siglo V -el golpe de gracia se lo dieron las invasiones bárbaras-.

Occidente, entendiendo como tal a Europa y los Estados Unidos de América, con una historia de formación que arranca desde la Edad Moderna -algo más tardía en el caso norteamericano, obviamente-, un desarrollo que cubre los siglos XVIII y XIX, y un esplendor que, a pesar -o tal vez, debido a ellas- de las dos grandes guerras sufridas, se culmina en el XX, parece encontrarse en una encrucijada que permite vislumbrar su decadencia y postrera caída. Occidente ha tenido que superar duras pruebas -revoluciones burguesas, dos guerras mundiales, revoluciones proletarias, la guerra fría, la amenaza nuclear-, pero, tras la Segunda Guerra Mundial, estadistas de gran valía como Conrad Adenauer, Robert Schuman o JFK consiguieron que esta civilización se convirtiera en el faro de las libertades, del progreso, de la justicia, de la paz...

Ahora bien, Occidente lleva en sus entrañas desde casi el siglo XVIII el germen de su propia autodestrucción, la termita que horada sus cimientos tiene probablemente un nombre: el Capitalismo. No debemos olvidar que en el siglo XIX, cuando el capitalismo comienza su inexorable expansión en las sociedades denominadas "desarrolladas", surge una ideología de claro signo opuesto: el socialismo de pensadores como Marx y Engels, que se rebela contra el capitalismo dominante y pone las bases teóricas de los derechos del proletariado y de la construcción de un futuro comunismo de carácter empírico.

Llegado el siglo XX, el socialismo marxista triunfa, tras la revolución de 1917, en Rusia. Concluida la Segunda Guerra Mundial, Occidente se enfrenta ideológicamente a un temible adversario: el bloque soviético situado tras el denominado por Churchill como "telón de acero". Esta amenaza obligó a Occidente a hacerse aún más fuerte en sus convicciones socialdemócratas, a adquirir la moderación, la templanza, la austeridad... como valores con los que "enfrentarse" a las ansias expansionistas comunistas.

Con la caída del muro en 1989 y el consiguiente derrumbe del bloque comunista en los noventa, lo que, a todas luces, parecía un triunfo de las libertades del individuo, se ha convertido en una temible realidad: no existe ideología alguna que ponga freno a las ansias devoradoras del Capitalismo. Se había roto en mil pedazos un cierto equilibrio entre opuestos, inestable, pero equilibrio, al fin y al cabo. Poco a poco, en las últimas décadas, el Capitalismo ha ido fagocitándolo todo, sin mesura, sin comedimiento, sin piedad. Nada se atreve ya a oponerse a sus designios, la economía se ha convertido en el centro de nuestras vidas, los estados, sus dirigentes, sus ideólogos,..., todo, absolutamente todo, gira en torno al nuevo "becerro de oro", al que adoramos y consagramos por encima de cualquier consideración ética, moral o cívica.

Una economía que, en su afán devorador, ha llegado a convertir la mera especulación en factor que decide el futuro de vidas, sociedades, pueblos enteros,..., incluyendo lógicamente al propio Occidente. Claro que hay que tener en cuenta que los cimientos del capitalismo occidental son recios, y los factores exógenos, como el integrismo islámico, no son todavía lo suficientemente poderosos como para derribar de un plumazo lo construido con tanto esfuerzo en los últimos siglos. Pero el germen de su autodestrucción ha comenzado a socavar los cimientos y es harto difícil determinar hasta qué punto está carcomido el edificio, ni cuándo terminará por derrumbarse completamente. Lo que parece seguro es que, como toda gran construcción, caerá con inusitado estrépito...

Por tanto, no es de extrañar lo que está ocurriendo estos días en Inglaterra, y no deja de tener razón el primer ministro británico cuando afirma que: "Cuando digo que partes de Gran Bretaña están enfermas, la única palabra que yo usaría para resumir eso es una irresponsabilidad. La visión de los jóvenes corriendo por las calles, rompiendo ventanas, entrando en propiedades, saqueando, riendo... el problema es una falta total de responsabilidad, falta de una adecuada crianza de los hijos, la falta de educación adecuada, la falta de ética adecuada, la falta de moral adecuada. Eso es lo que tenemos que cambiar. No hay un detonante que pueda cambiar estas cosas. Se trata de los padres, se trata de la disciplina en las escuelas, se trata de asegurarse de que tenemos un sistema de bienestar que no recompensa la inactividad. Es todas esas cosas...". Ciertamente hemos educado a la generación de los 80 y los 90 en la opulencia, el despilfarro, en la falta de moderación, de disciplina, en la adoración al "becerro de oro". No les hemos enseñado aquellos valores que perduran, que están por encima de los puramente consumistas porque son imperecederos. Cuando éstos se han revelado como lo que son, pura especulación y volatilidad, los jóvenes se encuentran con que no comprenden nada, ¿por qué no obtener, pues, por la fuerza lo que tanto anhelan? La culpa no es evidentemente de ellos. Es la consecuencia lógica de una educación basada fundamentalmente en "valores" -si es que se les puede calificar así- vanos y efímeros.

Un factor adicional ha venido a incidir en el derrumbe de las convicciones de Occidente y ha coadyuvado al tremendo impacto que ha producido el famoso "integrismo islámico" en nuestro "estado de bienestar" -material, que no espiritual-. Me refiero naturalmente al "laicismo" imperante en esta pomposamente denominada sociedad del bienestar. El "becerro" ha desplazado a cualquier otra entidad superior, porque evidentemente cualquier atisbo de trascendencia es un factor limitante al consumismo exacerbado, y eso el "becerro" no lo puede tolerar.

Volvamos de nuevo la mirada al pasado, a esa maestra de la vida que es la Historia, y que estamos condenados a repetir. La Roma milenaria, aun siendo extremadamente tolerante con las diferentes religiones que fueron adornando la creciente extensión del Imperio, siempre, mientras mantuvo sólidas sus convicciones, tuvo extremadamente claro que la religión Olímpica, heredada de sus patres y forjada en base a influencias etrusco-griegas fundamentalmente, era el vínculo espiritual que mantenía unidos los lazos de la comunidad. La venerada triada capitolina -Júpiter, Juno, Minerva-, junto al denominado culto imperial -no a la persona "física" del princeps, sino al Genius Augusti, su espíritu-, fueron considerados sagrados y su culto público era de índole obligatoria para todo ciudadano romano. Cuando este vínculo religioso se tambaleó, cuando primero las religiones mistéricas orientales, y más tarde el Cristianismo, desplazaron y pretendieron obtener la exclusividad religiosa en la sociedad romana, ésta empezó a resquebrajarse desde sus cimientos.

Ahora en la sociedad occidental nos encontramos en una tesitura muy similar. No existe ninguna entidad de carácter superior, trascendente, llámese dios, deidad, divinidad, numen,..., que esté por encima del ínclito "becerro". La economía especulativa es la "nueva religión", pero sin valores espirituales, trascendentes y perdurables que la sostengan. Ningún acto es censurable, ni condenable, la iniquidad es un término anquilosado, y los valores espirituales comienzan a sonar a "monserga de predicadores iluminados". Todas las grandes civilizaciones del pasado tuvieron un fuerte componente religioso, siendo éste uno de los pilares sobre los que se construía el edificio comunitario, y olvidamos a menudo que el propio Occidente actual se edificó, entre otras cosas, sobre valores morales cristianos, valores que ahora el "becerro" se empeña en inmolar cuando éstos han dejado de ser útiles a sus propósitos.

Occidente, cuna de tantos humanistas y pensadores, necesita urgentemente nuevas ideas, una bocanada de aire fresco que limpie la fetidez del irrespirable aire que nos inunda y nos ahoga, y que nos postra cada vez más a los pies de un ídolo con pies de barro: el "becerro de oro".

martes, 19 de julio de 2011

De la mentalidad "rentista" hispánica

El diccionario de la RAE define “rentista”, en una de sus acepciones, como “la persona que principalmente vive de sus rentas”. Ahora bien, ¿sería posible generalizar este concepto, en principio individual, a una sociedad, a un estado? ¿Podríamos llegar a hablar entonces de una mentalidad “rentista” como predominante en un determinado pueblo? Y, en definitiva, ¿podríamos generalizar a la sociedad española como un conjunto de individuos de mentalidad “rentista”?

Suponiendo como plausible esta generalización en el contexto histórico español de los últimos siglos, y sin olvidar que habría que matizar, sin lugar a dudas, los diferentes periodos, regiones, y evidentemente individuos, ¿cuáles podrían ser los orígenes de esta mentalidad que posiblemente esté en la base de nuestra secular falta de competitividad frente a las denominadas naciones “más desarrolladas”? Habremos de recordar que España se incorporó con más de cien años de retraso a la Revolución Industrial frente a países como Inglaterra, Francia o Alemania. Este “retraso”, asociado también a la permanencia de atavismos característicos del Antiguo Régimen hasta bien entrado el siglo XX, ha tenido como consecuencia la realidad ineludible de estar, a partir de la Revolución Industrial, permanentemente a remolque de las países más desarrollados -política, social, económicamente- del orbe.

En este somero análisis vamos a desarrollar tres factores que podrían coadyuvar al desarrollo de esta nuestra mentalidad: el socioeconómico, el religioso, y el geográfico. Veamos, en primer lugar, aunque no específicamente por orden de importancia, el factor socioeconómico.

El factor socioeconómico

Para explicar las causas profundas de nuestra mentalidad como pueblo tenemos quizás que retrotraernos a los oscuros comienzos de la Reconquista, un proceso largo y complejo de siete siglos de avances y retrocesos para construir una realidad política denominada España. En estos siglos previos a la Edad Moderna, en los estados europeos más avanzados se ponen las bases para el desarrollo de una clase social que va a tener un peso de enorme importancia en el futuro: la burguesía. En los reinos de la Península (fundamentalmente Castilla y León), el lento proceso de repoblación que permiten las victorias frente a los estados musulmanes (más por debilidad de éstos que por fortaleza y unión de los cristianos) se realiza sobre tierras de difícil defensa y con un déficit humano importante. Así pues, los valles del Duero y del Tajo son, en distintos momentos, tierras de frontera, donde los denominados caballeros villanos, pastores-guerreros, van a ser los protagonistas, debido a la dificultad de constituir asentamientos permanentes suficientemente seguros para la labor agrícola. Estos caballeros villanos, propietarios de ganado, serán los que terminen imponiendo su dominio en los concejos de nueva creación que obtienen los primeros fueros y cartas puebla por parte de nobleza y monarquía.

El comercio, en gran parte por la inseguridad y por la falta de una economía plenamente monetal (se sigue usando el modio de trigo y la oveja como medio de pago), sigue siendo de ámbito local o regional. En Castilla y León sólo puede hablarse de un cierto desarrollo artesanal y comercial en el Camino de Santiago merced a la entrada de peregrinos que vienen desde Francia. Sólo Cataluña y, en parte, Valencia poseen una burguesía mercantil que, merced a su cercanía al Mediterráneo y a la pronta pacificación de los condados catalanes, posee la riqueza y el poder suficiente para prevalecer en las ciudades.

Sin embargo, a partir de la crisis del siglo XIV (Peste Negra, malas cosechas, hambrunas,…), el Principado de Cataluña -que forma parte de la Corona de Aragón desde mediados del siglo XII- pierde gran parte de su peso político y económico en el Reino. Las ciudades comienzan a emitir deuda pública para sufragar sus enormes gastos y “financiar” la política mediterránea de los monarcas aragoneses. Los mercaderes prefieren vivir de las rentas proporcionadas por los intereses pertinentes de dicha deuda, en lugar de arriesgarse en empresas comerciales de incierto resultado. Este será uno de los motivos del famoso conflicto entre la Busca y la Biga que tendrá lugar a mediados del siglo XV. Por otro lado, tras el denominado Compromiso de Caspe (1412), se instaura una dinastía castellana -los Trastámara- en el trono aragonés, poniendo las bases de una futura unión política entre Castilla y Aragón.

Castilla va a ser, desde el siglo XIV, la potencia que va a imponerse en la península como estado dominante. Varios factores confluyen a ello: por un lado, su economía se ha desarrollado más y mejor que la aragonesa, su población es mucho mayor, y además la monarquía ha conseguido imponer, no sin las debidas contraprestaciones económicas, su poder centralizador frente a una nobleza siempre presta a rebelarse para obtener nuevos privilegios. La economía castellana tiene como pilar fundamental la ganadería y, en concreto, la exportación de la lana producida por la oveja de raza merina, de excelente calidad.

Castilla no consiguió -porque no pudo o no quiso- desarrollar una industria textil que pudiera competir en igualdad de condiciones con la inglesa o la flamenca. En su lugar, se potenció de forma importantísima la producción de lana como materia prima para la exportación. Así, los Reyes Católicos, que necesitaban liquidez rápida y fácil para la pacificación interior del Reino y para sus campañas mediterránea y atlántica, favorecieron decididamente con enormes privilegios a la institución de La Mesta, creada en el siglo XIII por Alfonso X, optando por una economía productora de materias primas frente a la posibilidad de desarrollar una industria textil potente.

Los ciudadanos burgueses perdieron gran parte de su peso político, puesto que incluso el nombramiento de corregidores para el gobierno de las ciudades fue impuesto por los propios monarcas, con lo que caballeros villanos y una aristocracia ligada a la nobleza eran los verdaderos dueños del poder político en las ciudades. Nos encontramos, por tanto, con una burguesía prácticamente inexistente en Castilla y que sólo tiene cierto peso político y económico en ciudades mediterráneas como Barcelona o Valencia. La expulsión de los judíos en 1492 no va contribuir precisamente a mejorar esta situación, puesto que gran parte de las actividades mercantiles estaban en manos de ellos.

Con estas bases históricas, el naciente estado español va a convertirse desde entonces en un mero productor de materias primas e importador de artículos manufacturados. Un déficit que, a la larga, se convierte en un elemento desestabilizador de cualquier economía. Las bancarrotas sucesivas de la hacienda estatal, ocasionadas por los tremendos gastos de la Corona, van a continuar durante los reinados de los Austrias en los siglos siguientes. Las enormes riquezas en plata y oro que desembarcan en los puertos españoles provenientes de las Américas no se invierten de forma oportuna en mejorar la productividad agrícola con nuevas técnicas, o en fomentar una incipiente industria, sino en sufragar costosísimas campañas militares en defensa de la Cristiandad -contra musulmanes- y del Catolicismo -contra protestantes-, y en paliar las enormes deudas contraídas y sus correspondientes intereses.

Mientras en los siglos XVII y XVIII, estados como Inglaterra y Francia acaban casi definitivamente con los vestigios del Antiguo Régimen, y en el XIX se producen las revoluciones burguesas y proletarias (1830 y 1848) en las más importantes capitales europeas, España continuará anclada en el Antiguo Régimen, con una economía fundamentalmente agraria (la Mesta no será abolida hasta 1836) y con un desarrollo industrial prácticamente residual. Cuando, a finales de la centuria decimonónica, se comiencen a construir los primeros ferrocarriles, serán contratas extranjeras (francesas, alemanas) las que desarrollen el tendido ferroviario, y España se limitará a aportar la materia prima (el hierro), abundante en las minas de la franja cantábrica peninsular. Todavía en el siglo XX, España, como país no beligerante, se limitará a aportar importantes materias primas a los países participantes en la Gran Guerra, pero sin conseguir, a través de ello, la elaboración de un tejido industrial mínimamente importante. Los grandes terratenientes rentistas continuarán durante buena parte del siglo XX teniendo un enorme peso político y económico en la sociedad española y defenderán sus intereses de clase frente a la emergencia de una tímida burguesía capitalista.

El factor religioso

Un segundo factor que habría que considerar en este análisis sería el religioso. Hay que recordar que durante la transición a la Edad Moderna se produce en toda Europa el fenómeno de la Reforma protestante, fenómeno no sólo de enorme importancia en el ámbito religioso con la quiebra de la cristiandad occidental, sino de evidente impacto político, social y cultural. En particular, debemos de considerar la influencia decisiva de la doctrina de Calvino sobre la Predestinación, es decir, aquélla que afirma que todo hombre, independientemente de sus actos, está de antemano, por simple voluntad divina, destinado a la eterna condenación o a la salvación de su alma. Este concepto que podría considerarse irrelevante –más allá de una trascendencia religiosa- desde una perspectiva contemporánea, es muy importante en el devenir de la mentalidad de los pueblos europeos.

Así, mientras los pueblos de ideología protestante ven en el enriquecimiento, en el afán de riquezas, incluso en la codicia, algo moralmente permisible, hasta el punto de considerar la bonanza económica de un individuo como un signo de ser “un elegido de Dios”, el Catolicismo tenderá siempre a envilecer moralmente el enriquecimiento, a perpetuar el mensaje de lo “efímero de las riquezas terrenales”, a ver detrás del mercader, del prestamista, del cambista, al avaricioso judío “asesino de Cristo”. Esta mentalidad se arraigará con fuerza sobre todo en los países profundamente católicos, como el caso de España, una mentalidad que, inherentemente, despreciará cualquier actividad “ambiciosa” destinada al puro ánimo de lucro (esencia fundamental de la dialéctica capitalista), por cuanto serán nuestros actos sobre la tierra los que acarrearán consecuencias sobre nuestra posible salvación -o condena- futura (“Más fácil es que entre un camello por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el Reino de los Cielos”, Mateo, 19, 23-24).

La Iglesia además se convertirá, a través fundamentalmente de donaciones, en el mayor propietario de tierras de toda la Península junto a la monarquía. Todo el estamento eclesiástico (secular y regular), además de los individuos dependientes en una u otra forma de él, vivirán de lo producido por las rentas de dichas tierras y propiedades, hasta el punto de que la imposibilidad de explotar tan enormes extensiones, dará lugar a las conocidas “manos muertas”, esto es, los bienes inajenables que se convertían en tierras baldías, sin explotar. Sólo bien entrado el siglo XIX, con las desamortizaciones de Madoz y Mendizábal, se pudo intentar crear una clase media de propietarios que explotara esas tierras. Pero ya era probablemente demasiado tarde, y además el proceso no evitó la pervivencia del latifundismo (y del “rentismo”) en amplias zonas peninsulares.

El factor geográfico

El tercer factor que hemos comentado al principio es relativo a la propia geografía del estado español. El principal elemento que habríamos de considerar aquí sería el clima y su incidencia sobre el carácter de los pueblos. Si complicado es el análisis de los factores socioeconómicos en el devenir histórico de los pueblos, mayor reto aún es intentar hallar una fórmula matemática que nos permita deducir el efecto de los climas a la hora de forjar la mentalidad colectiva de los individuos.

Permítaseme remitirme aquí, con la prudencia que proporciona la perspectiva histórica, a la obra de Montesquieu El espíritu de las leyes (1748), en la que el célebre filósofo ilustrado se pregunta por las diferencias entre los hombres según el clima, y cito textualmente: “Resulta, pues, que en los climas fríos se tiene más vigor. Se realizan con más regularidad la acción del corazón y la reacción de las fibras; los líquidos están más en equilibrio, circula bien la sangre. Todo esto hace que el hombre tenga más confianza en sí mismo, esto es, más valor, más conocimiento de la propia superioridad, menos rencor, menos deseo de venganza, menos doblez, menos astucias, en fin, más firmeza y más franqueza. Quiere decir esto, en suma, que la variedad de climas forma caracteres diferentes. Si encerráis a un hombre en un lugar caldeado sentirá un gran desfallecimiento; si en tal estado le proponéis un acto enérgico, una osadía, no os responderá sino con excusas y vacilaciones; su debilidad física le producirá naturalmente el desaliento moral. Los pueblos de los países cálidos son temerosos como los viejos; los de los países fríos, temerarios como los jóvenes.”

Y continúa más adelante con apreciaciones tan “denigrantes” para nuestro ego patriótico como: “Hay en los climas del norte pueblos de pocos vicios, bastantes virtudes y mucha sinceridad y franqueza. Aproximaos a los países del sur, y creeréis que cada paso os aleja de la moralidad: las pasiones más vivas, multiplicarán la delincuencia. Ya en la zona templada son los pueblos inconstantes en sus usos, en sus vicios, hasta en sus virtudes, porque el clima tampoco tiene fijeza. El calor del clima puede ser tan extremado, que el cuerpo del hombre desfallezca. Perdida la fuerza física, el abatimiento se comunicará insensiblemente al ánimo; nada interesará, no se pensará en empresas nobles, no habrá sentimientos generosos, todas las inclinaciones serán pasivas, no habrá felicidad fuera de la pereza y la inacción, los castigos causarán menos dolor que el trabajo, la servidumbre será menos insoportable que la fuerza de voluntad necesaria para manejarse uno por sí mismo”.

En sus argumentaciones, propone Montesquieu ciertas “medidas” para evitar las deficiencias “inherentes” a la condición climática de los pueblos meridionales: “Para vencer la desidia que el calor produce, debieran quitarse todos los medios de vivir sin trabajar; pero en el sur de Europa se hace todo lo contrario: se favorece a los que quieren vivir en la contemplación, esto es, en la ociosidad, pues la vida contemplada supone grandes riquezas. Unos hombres que viven en la abundancia, dan a la plebe una parte de lo que les sobra; y si esa plebe ha perdido la propiedad de sus bienes, se consuela con la sopa de los frailes que le permite vivir sin trabajar; ama su propia miseria.”

En resumen, Montesquieu llega quizás demasiado lejos en sus deducciones filosóficas, explicando fenómenos tales como la poligamia, el espíritu liberal, el valor en la guerra,…, en base a las diferencias existentes fundamentalmente entre pueblos de clima cálido y clima frío. Sin embargo, parece evidente que existe una cierta influencia de las condiciones climáticas en el carácter de los pueblos, pero no existe -o al menos, no se conoce- una fórmula exacta que lo determine, y dicha influencia, más que por las altas temperaturas, podría tener relación con las variaciones térmicas, es decir, con la amplitud térmica. Por ejemplo, una temperatura media mensual casi constante de unos 20-25ºC durante todo el año, por pura lógica, debe producir diferentes reacciones físicas e intelectuales sobre los individuos que unas variaciones de entre 0ºC en los meses de invierno y 30ºC en los meses estivales. También habría que considerar el número de horas de sol al día, por el simple hecho del régimen de luz natural y su impacto en los quehaceres diarios, así como el régimen pluviométrico (volumen de las precipitaciones, regularidad o irregularidad de las mismas, etc.), además de otros factores indirectamente relacionados con el clima como la aridez del suelo, la desforestación, etc.

Lo que parece un hecho constatable es que los países mediterráneos -¿o debiéramos decir meridionales?-, como España, Grecia, Portugal e Italia, llegaron, por unos u otros motivos, tarde a la Revolución Industrial, y continúan aún hoy día padeciendo profundos desequilibrios entre sus sectores económicos, problemas de corrupción en la clase política, ambigüedades en la separación de poderes, baja productividad de los trabajadores, elevada deuda pública, etc. Tal vez, sólo tal vez, el viejo Montesquieu no anduviera tan desencaminado, después de todo, era natural de Aquitania, esa hermosa región “meridional” de Francia.