domingo, 11 de agosto de 2013

Del genio creador: Bobby Fischer & Salvador Dalí

Egocéntricos, narcisistas, ególatras, megalómanos, alienados, inadaptados, misántropos, excéntricos... Algunos e incluso, en ocasiones, todos estos atributos adornan la figura de los genios. Pagados de sí mismos y de su propio universo intelectual, tienen enormes dificultades para adaptarse a una sociedad que los admira -al menos, por lo que representan como "superhombres"-, pero que también suele despreciarlos por su singularidad. ¿Qué tienen en común, pues, Bobby Fischer y Salvador Dalí? La respuesta es: el genio creador.

Dentro del amplio espectro de aptitudes y capacidades humanas, nada hay tan excepcional como el acto de la CREACIÓN. Ese momento sublime, acaso un instante, fruto del esfuerzo intelectual supremo, pero también del talento innato, del trabajo extenuante, de la fantasía introspectiva, de la imaginación más desbordante... Sólo unos pocos "elegidos" saborean ese instante, sin apenas ser conscientes de que ese acto creador perdurará ya para siempre en las generaciones venideras. Pero esos actos tienen, a veces, un peaje que el "elegido" debe de pagar: la soledad, la incomprensión, la paranoia...

Robert James Fischer (Chicago, 1943-Reikiavik, 2008) tuvo una infancia desgraciada, marcada por la ausencia paterna y por una madre más preocupada por su activismo político que por educar y criar a sus dos hijos. "Bobby" se refugió desde los seis años en el juego introspectivo por excelencia: el ajedrez. Se convirtió en su obsesión permanente, toda su vida comenzó a girar en torno al juego de los juegos. Su talento innato hizo el resto.

A los catorce años se convertiría en el campeón de Estados Unidos más joven de la historia. En 1972 se enfrentaría definitivamente por el trono mundial ante el campeón vigente, el soviético Boris Spassky. Para llegar a esa final, Bobby había aplastado previamente al soviético Taimanov en cuartos de final (¡6-0!), al danés Larsen en semifinales (¡otro 6-0!) y al soviético Petrosian en la final de candidatos (6,5-2,5). El mundo asistía alucinado a las demostraciones del que muchos han considerado el mejor jugador de ajedrez de todos los tiempos.

En el denominado "match del siglo", el Mozart del ajedrez se tenía que enfrentar a la temible escuela soviética que había dominado durante décadas el panorama ajedrecístico mundial, y todo ello además en plena guerra fría. Tal vez por ello, se eligió la capital islandesa como territorio "neutral" para el enfrentamiento. El encuentro estuvo a punto de no celebrarse porque Bobby no se decidía a viajar, poniendo una y mil trabas a la organización islandesa. Al final, no se sabe bien qué factor pesó más en su decisión de acudir, si la llamada telefónica de Henri Kissinger, aludiendo a su sentido patriótico, o la "generosa" donación, por parte del banquero londinense Mr. Slater, de 50.000 libras esterlinas para que Fischer jugase (es más plausible esta última, conociendo el carácter de Bobby).

El encuentro se celebraba al mejor de 24 partidas (el campeón Spassky retenía el título mundial en caso de empate a 12). Tras las primeras cinco partidas, el marcador estaba empatado (2,5-2,5), aunque Bobby había perdido la segunda partida por incomparecencia, tras quejarse una vez más de que las cámaras de televisión le desconcentraban. La sexta partida sería la obra maestra del genio creador de Fischer que cambiaría definitivamente el rumbo del encuentro. Spassky fue literalmente estrangulado por la precisa y meticulosa técnica de Fischer. Al final de la partida, el propio Spassky, al unísono con los espectadores, aplaudió al estadounidense, quien abrumado se retiraría cabizbajo de la sala. Bobby terminaría imponiéndose finalmente por un marcador global de 12,5-8,5, convirtiéndose con 29 años en campeón del mundo de ajedrez.

A partir de su apoteosis ajedrecística, Bobby fue incapaz de digerir el éxito. Se fue aislando poco a poco de la realidad y encerrándose entre los fantasmas de su infancia. En 1975, Fischer volvió a mostrar su carácter más excéntrico, al tratar de imponer sus propias condiciones -incluyendo un notable incremento económico en los premios- para la defensa de su corona mundial frente al aspirante, la nueva joya de la inagotable cantera soviética: Anatoly Karpov. Fischer fue finalmente desposeído del título mundial y su figura se desvaneció ante la ignominia de un mundo que contemplaba desolado la caída del ídolo. La egolatría de Fischer la definiría él mismo: "soy un individuo detestable. Mis ideales son el ajedrez y el dinero. Quiero ser riquísimo. Todos quieren serlo, pero ninguno lo dice. ¿Es pecado?"

Fischer desaparecería sin dejar rastro de la escena pública hasta casi veinte años más tarde. En 1992 se enfrentó nuevamente a Spassky en Yugoslavia, atraído por una generosa oferta económica. El encuentro se desarrolló en plena guerra de los Balcanes y con el bloqueo de la ONU de por medio, lo que ocasionó a Fischer la repudia definitiva por parte del estado norteamericano. Tras vagar por medio mundo, en el año 2005, Islandia le proporcionaría la ciudadanía a Bobby, y allí, en Reikiavik, el lugar donde había obtenido su más sonoro triunfo treinta y seis años antes, fallecería en 2008.

Salvador Felipe Jacinto Dalí i Domènech (Figueras, 1904-1989) se convirtió desde su infancia en un pequeño déspota narcisista. Sus crisis histéricas y teatrales, desencadenadas a propósito para conmover y llamar la atención de la familia, fueron habituales. A medida que pasaba el tiempo, y a pesar del posterior nacimiento de su hermana Ana María, sentía un deseo irrefrenable de expresar con cinismo y ferocidad su propia diversidad.

En los años veinte sería admitido en la Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, de la cual sería expulsado definitivamente en 1926 por su excesiva excentricidad. En esos años, Dalí conocería a Luis Buñuel y a García Lorca, transformándose en un "dandy" de cuidadísimo aspecto. Su acusado narcisismo no le abandonaría ya hasta el fin de sus días. Las mujeres, en estos primeros años, le resultaban, por otra parte, indiferentes.

Pero en 1929 tuvo lugar un encuentro trascendental en su vida. En Cadaqués conocería a Gala, entonces compañera del poeta surrealista Paul Eluard. En pocos meses se enamoraron y se fueron a vivir juntos. A partir de entonces, Gala será para Dalí amante y amiga, musa y modelo, auténtica directriz de su existencia. En Gala encontró, sin duda, Dalí el equilibrio emocional -dentro de su perenne excentricidad- del que Fischer careció toda su vida. Por otra parte, Dalí no tuvo nunca, aparte de Gala, necesidad más que de sí mismo, de su personaje tragicómico, de su arte, para envolver la realidad, porque Dalí, provocador, imprevisible, inquietante, excéntrico, narcisista, siempre surrealista, lo era de veras, por naturaleza.

La gran aportación de Dalí al Surrealismo fue la creación del método paranoico-crítico, que consistía en asociar imágenes reales con temas obsesivos del autor. Dalí lo definiría como "un método espontáneo de conocimiento irracional, basado en la asociación interpretativo-crítica de los fenómenos delirantes". El enfermo paranoico se caracteriza por interpretar los fenómenos del mundo exterior en función de su obsesión. Fue a partir de 1929 cuando Dalí empezó a vislumbrar, pues, la posibilidad de configurar un método experimental, basado en el poder de las asociaciones delirantes de carácter súbito, propias de la paranoia. Y así lo plasmó en sus cuadros, con una técnica minuciosa heredera de la gran tradición realista de pintores como Velázquez o Vermeer.

La obra de Dalí es, por tanto, eminentemente simbólica, lejos de la tiranía de la racionalidad. En sus pinturas juega continuamente con la anamorfosis, el doble sentido, la doble imagen, el trampantojo, el amor y la muerte, el paisaje y los objetos, la belleza y el asco. Encontramos permanentemente su obsesión por la yuxtaposición de las formas blandas (los relojes que parecen derretirse por el paso del tiempo), insectos (decadencia, putrefacción, muerte), junto con estructuras rígidas del paisaje, acantilados, estatuas o esqueletos (que aluden a lo eterno).

Así, en una de sus obras más conocidas, La persistencia de la memoria (1931), encontramos ese contraste comentado entre los relojes blandos -inspirados, según Dalí, en el queso camembert- y el paisaje rocoso del fondo -su querido Port Lligat-. Sólo el mar solitario parece real en una fantasmagórica representación de la soledad onírica en estado puro. En Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar (1944), el artista refleja el sueño de su musa, Gala, que duerme desnuda suspendida en el aire sobre una especie de escollo que flota en el mar. Un fusil con bayoneta parece representar la picadura de la abeja. De la granada escapa un enorme pez, de cuya boca saltan dos tigres. Al fondo, un elefante porta un obelisco sobre sus larguísimas patas de insecto. Como expresaría el propio artista en "La vida secreta de Salvador Dalí": "el hecho de que ni yo, mientras pinto, sepa el significado de mis cuadros no quiere decir que no lo tengan: al contrario, su significado es tan profundo, complejo, coherente, involuntario, que escapa al simple análisis de la intuición lógica".

En su etapa neoyorquina, donde recala en 1939, va evolucionando Dalí hacia la construcción de su propio personaje artístico, por encima incluso de su obra. Así, Dalí se convierte en marca registrada, un fetiche que el propio artista exhibe para su propio marketing y beneficio económico. El dinero siempre sería muy importante para Dalí y con los norteamericanos hizo todo lo posible para extraer de sus bolsillos bien provistos importantes sumas por obras, en ocasiones mediocres, pero firmadas por el genio de Figueras. Regresaría a España en los años cincuenta, pero su obra se volvería más tradicional, en contraste con una actitud pública cada vez más extravagante.

Fischer y Dalí, Dalí y Fischer, dos genios creadores, cuya excepcionalidad nos hace rememorar -en  agudo contraste- aquel hilarante y desesperado monólogo final de la extraordinaria película de Milos Forman, Amadeus, en el que el personaje del compositor Antonio Salieri -interpretado por un inspiradísimo F. Murray Abraham- dedica sus lastimeras palabras al sacerdote que le ha escuchado en confesión: "Yo hablaré en su favor, Padre. Hablaré en nombre de los mediocres de la Tierra. Soy su campeón. Su santo patrón", y dirigiéndose a los locos del manicomio (y en cierto sentido también a "casi" todos los individuos del orbe): "Mediocres del mundo... yo os absuelvo... yo os absuelvo... os absuelvo a todos... os absuelvo a todos".