lunes, 31 de octubre de 2016

Mis composiciones musicales favoritas (y III): El Siglo XX

La música del siglo XX es enormemente variada y compleja, por lo que se hace difícil encorsetarla en estilos o movimientos concretos. Muchos compositores además evolucionaron en su música incluso desde obras dentro de la tonalidad a alejarse hacia la atonalidad y la abstracción más extremas. La influencia del Romanticismo siguió, no obstante, estando presente en numerosas obras y compositores, sobre todo a través de la música de Wagner.

La enorme influencia de Wagner y su capacidad de exprimir hasta los extremos más insospechados los límites de la tonalidad condujo a un estilo epílogo del movimiento romántico tardío conocido como Posromanticismo, cuyos tres compositores más importantes fueron Gustav Mahler, Sergei Rachmaninov y Richard Strauss, y que pueden considerarse como un puente entre el siglo XIX y el XX, entre la música romántica y la plenamente contemporánea, aunque esta última admita muchísimas variantes.

Mahler
Entre los más devotos seguidores wagnerianos se encuentra el compositor bohemio Gustav Mahler (1860-1911), considerado en su tiempo uno de los mejores directores de orquesta y de ópera, y del que, como con tantos otros compositores, sólo el transcurso del tiempo ha permitido valorar su excelente obra, sobre todo la perteneciente al género sinfónico.

La integral de sus larguísimas -superando incluso los baremos brucknerianos- y complejas nueve sinfonías suponen quizás el último hito importante de este género musical desde sus orígenes por parte de Haydn. Los enormes contrastes y variaciones cromáticas -que en ocasiones llegan a la disonancia- en la música sinfónica de Mahler llevaron la tonalidad hasta los límites de lo plausible, marcando una senda que luego influiría de forma decisiva en la obra de Schoenberg, quien acabaría rompiendo con la tonalidad.

Dentro de esta excepcional integral de las nueve sinfonías de Mahler -escribió parte de una Décima que no completó- destacaríamos particularmente:
  • Sinfonía nº 1 en re mayor, "Titán".
  • Sinfonía nº 2 en do menor, "Resurrección". Monumental creación en la que encontramos ya las dimensiones típicamente mahlerianas (¡90 minutos de sinfonía!). Como la novena beethoveniana incluye un exultante movimiento final coral.

  • Mahler: Sinfonía nº 2 en do menor, "Resurrección" (V. Mit Aufschwung, Aber Nicht Eilen)

  • Sinfonía nº 4 en sol mayor. Su último movimiento es un lied para soprano.
  • Sinfonía nº 5 en do sostenido menor. Su popular "Adagietto" del cuarto movimiento, inmortalizado en el cine por la película Muerte en Venecia de Luchino Visconti, es uno de los movimientos lentos más sublimes del repertorio sinfónico de siempre. 

  • Mahler: Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (IV. Adagietto. Sehr langsam)

  • Sinfonía nº 6 en la menor. También denominada "Trágica" por su carácter profundamente pesimista, sobre todo en su parte final.
  • Sinfonía nº 8 en mi bemol mayor. Conocida como la "Sinfonía de los mil" por el enorme número de intérpretes, tanto instrumentales como corales, que intervienen (incluyendo hasta un órgano, un piano, ocho solistas de voz, un coro de niños,...). En realidad puede considerarse casi más un oratorio que una sinfonía y se estructura en dos partes: la primera basada en el himno litúrgico "Veni Creator Spiritus" y la segunda en el final del Fausto de Goethe.

  • Mahler: Sinfonía nº 8 en mi bemol mayor (I. Allegro impetuoso "Veni creator spiritus")

  • Sinfonía nº 9.

R. Strauss
La música programática y, en particular, el género del poema sinfónico, creado por Franz Liszt, fue desarrollado con excepcional maestría por otro gran admirador de Wagner y también brillante director de orquesta, el alemán Richard Strauss (1864-1949). Al igual que Mahler, Strauss se mantuvo dentro de la tonalidad, pero llevó ésta hasta sus máximos límites sonoros. Entre sus poemas sinfónicos más interesantes tenemos:
  • Don Juan, op. 20.
  • Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel, op. 28.
  • Así habló Zaratustra, op. 30. Basado en la obra homónima de Friedrich Nietzsche. Su comienzo, "Amanecer", se hizo enormemente popular por la película 2001: Una odisea del espacio de Stanley Kubrick.

  • Strauss: Así hablo Zaratustra (I. Einleitung)

  • Una vida de héroe, op. 40. Poema sinfónico de claras reminiscencias wagnerianas.

  • Strauss: Una vida de héroe, op. 40 (VI. La retirada del mundo y la consumación del héroe)

  • Sinfonía alpina, op. 64. Extraordinaria orquestación para narrar las escenas de ascensión a una montaña de los Alpes.

  • Strauss: Sinfonía alpina (XIX. Trueno y tempestad, descenso)

  • Muerte y transfiguración, op. 24. Excepcional recreación de los últimos momentos de un enfermo moribundo y su lucha contra la inevitable muerte física.
  • Metamorfosis. Otra magistral creación para veintitrés instrumentos de cuerda, compuesta a finales de la Segunda Guerra Mundial, que denota la profunda amargura del compositor ante el desolador escenario dejado por la barbarie bélica.

Rachmaninov
El compositor de origen ruso Sergei Rachmaninov (1873-1943) fue también un pianista excepcional. Sus cuatro conciertos para piano se encuentran entre las obras más famosas para este instrumento, pero también compuso música sinfónica de gran calidad. Sus mejores piezas las compuso antes de su salida de Rusia, de la que emigró tras la Revolución de 1917. A partir de entonces se dedicó fundamentalmente a sus facetas de pianista y director de orquesta. Destacamos de su repertorio pianístico las siguientes composiciones:
  • Concierto para piano y orquesta nº 2 en do menor, op. 18. Una de sus obras más populares. Su segundo movimiento, "Adagio sostenuto", es una de las páginas más deliciosas jamás compuestas para piano y orquesta.

  • Rachmaninov: Concierto para piano y orquesta nº 2 en do menor, op. 18 (II. Adagio sostenuto)

  • Concierto para piano y orquesta nº 3 en re menor, op. 30.
  • Preludio en do sostenido, op. 3 nº 2.
  • Rapsodia sobre un tema de Paganini en la menor, op. 43.
En cuanto al repertorio orquestal, seleccionamos dos obras: el poema sinfónico La isla de los muertos, op. 29 y su Sinfonía nº 2 en mi menor, op. 27.

Rachmaninov: Sinfonía nº 2 en mi menor, op. 27 (IV. Allegro vivace)


Debussy
Así como en pintura se desarrolló desde aproximadamente 1870 el movimiento denominado "impresionista" vinculado a artistas franceses como Manet, Renoir, Pisarro, Monet,..., también entre finales del XIX y principios del XX, tres compositores fueron asociados a dicha tendencia artística. El más impresionista de ellos fue probablemente Claude Debussy (1862-1918), quien, a través de los sonidos, intentó "dibujar" las impresiones que le transmitían ciertas imágenes, tal y como lo habían hecho un Monet o un Renoir en sus paisajes. Debussy juega con armonías ensoñadoras y melodías sensuales que, en su época, causaron estupor. Dos obras destacan en su repertorio:
  • El poema sinfónico Preludio a la siesta de un fauno.
  • La mar. Deliciosa composición sinfónica en tres movimientos que describe de forma evocadora los distintos estados del mar. Sin duda, una de las obras más relevantes del siglo XX.

  • Debussy: La mar (III. Diálogo del viento y el mar)

Ravel
Gran admirador de Debussy, Maurice Ravel (1875-1937) fue un brillante orquestador, como se puede perfectamente deducir de su composición más popular, el famoso Bolero, inspirado en una danza española, cuya melodía se repite sin césar en un paulatino crescendo que termina en estruendoso éxtasis orquestal. También orquestó con acierto obras de otros compositores, como fue el caso de Cuadros de una exposición de Mussorgsky. Pero Ravel nos dejó también otras piezas interesantes además de su obra más popular:
  • Ma Mère l'Oye ("Mi madre la oca"). Originalmente compuesta para piano y más tarde orquestada.
  • Concierto para piano y orquesta en sol mayor. Espectacular su comienzo con un golpe de látigo y la vibrante utilización de melodías inspiradas en el jazz.

  • Ravel: Concierto para piano y orquesta en sol mayor (I. Allegramente)

  • Concierto para piano y orquesta para la mano izquierda.

Satie
El tercer impresionista que nos gustaría mencionar es Erik Satie (1866-1925), cuya obra más recomendable son las tres danzas conocidas como Gymnopédies (o Gimnopedias, literalmente "fiestas de chicos desnudos", festividades religiosas que solían celebrarse en la antigua Esparta). Se trata de tres breves piezas para piano que evocan un melancólico ambiente de sutil fragilidad. También de carácter lento y melancólico son sus Gnossienes (vocablo probablemente inventado por el propio Satie), otra colección de seis danzas para piano en la línea de las anteriores.


Satie: Gymnopédie nº 1


Stravinsky
La música rusa siguió dejando extraordinarios ejemplos de genialidad también en el siglo XX. El primero de ellos es uno de los compositores más relevantes e influyentes de toda la centuria: Igor Stravinsky (1882-1971). Pasó por diferentes estilos a lo largo de su extensa producción musical, desde el primitivismo, el neoclasicismo, hasta el dodecafonismo. Su obra maestra y probablemente la obra más revolucionaria de todo el siglo XX fue el ballet La consagración de la primavera, cuyo estreno en 1913 en París provocó tal convulsión entre los asistentes que incluso hubo disturbios en el propio teatro. Subtitulada por el propio Stravinsky como "Escenas de la Rusia pagana" describe los rituales paganos que celebran la llegada de la primavera, incluyendo el sacrificio de una doncella. Ritmos brutales, sonoridades extremas y disonancias provocadoras que evocan de manera magistral el primitivismo más salvaje.

Stravinsky: La consagración de la primavera (Danza de las adolescentes)

Otras obras excelentes de Stravinsky que debemos mencionar son:
  • Sus otros dos ballets más famosos, pertenecientes -como La consagración- a su periodo ruso: El pájaro de fuego y Petrushka.

  • Stravinsky: El pájaro de fuego (VI. Finale)

  • Sinfonía de los Salmos. Obra orquestal con coro correspondiente a su periodo neoclásico posterior y que está basada en textos de la Biblia vulgata en latín. Su movimiento final, Laudate Dominum, es sobrecogedor.

  • Stravinsky: Sinfonía de los Salmos (III. Laudate Dominum)

  • Sinfonía en Do. También de estilo neoclásico.

Shostakovich
El segundo ejemplo es el de Dmitri Shostakovich (1906-1975), otro prodigioso compositor ruso quien, al contrario que muchos de sus compatriotas músicos, permaneció leal al régimen soviético, a pesar de lo cual tuvo serios enfrentamientos con los altos mandatarios del Estado, siendo en varias ocasiones prohibidas sus obras. El sinfonismo recibió con Shostakovich un nuevo impulso tras la obra mahleriana, presentando su música una armonía en ocasiones disonante y de profundos contrastes sonoros. En la obra de Shostakovich nos parece escuchar, de forma un tanto ambivalente, tanto el celo y los ideales revolucionarios marxistas, como el espeluznante sonido del gulag. De sus quince sinfonías nos gustaría seleccionar como obras imprescindibles:
  • Sinfonía nº 1 en fa menor, op. 10.
  • Sinfonía nº 5 en re menor, op. 47.

  • Shostakovich: Sinfonía nº 5 en re menor, op. 47 (IV. Allegro non troppo)

  • Sinfonía nº 7 en do mayor, op. 60, "Leningrado".
  • Sinfonía nº 10 en mi menor, op. 93.

  • Shostakovich: Sinfonía nº 10 en mi menor, op. 93 (II. Allegro)

  • Sinfonía nº 15 en la mayor, op. 141.
También debemos mencionar su excelente Concierto para piano y orquesta nº 1 en do menor, op. 35, en el que la trompeta adquiere un protagonismo casi tan relevante como el del piano.

Shostakovich: Concierto para piano y orquesta nº 1 en do menor, op. 35 (I. Allegro moderato)


Elgar
La música británica también recibió un nuevo impulso entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, con dos compositores que están entre los más relevantes de la historia musical del país junto a Henry Purcell. Nos referimos a Sir Edward Elgar (1857-1934) y a Ralph Vaughan Williams (1872-1958). Del primero destacaríamos las siguientes obras:
  • Variaciones sobre un tema original "Enigma", op. 36.
  • Marchas de pompa y circunstancia, op. 39. Serie de cinco marchas orquestales, de las cuales la primera es, sin duda, la más popular. 


  • Elgar: Marcha de pompa y circunstancia nº 1

  • Sinfonía nº 1 en la bemol, op. 55.
  • Concierto para violín y orquesta en si menor, op. 61.

  • Elgar: Concierto para violín y orquesta en si menor (II. Andante)

Por su parte, del repertorio de Vaughan Williams, genuino representante de las melodías típicas del folklore inglés, nos quedamos con estas composiciones:
  • Concierto para oboe y orquesta en la menor.
  • Fantasía sobre Greensleeves. Breve pero bellísima pieza para orquesta de cuerdas inspirada en una canción folklórica inglesa.

  • Vaughan Williams: Fantasía sobre Greensleeves

  • Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis.
  • Obertura de la suite Las avispas. Música incidental basada en la comedia homónima de Aristófanes.
  • La ascensión de la alondra. Deliciosa pieza para violín y orquesta.

  • Vaughan Williams: La ascensión de la alondra

  • Sinfonía del mar (nº 1).
  • Sinfonía Londres (nº 2).

Schoenberg
Con la aparición de la denominada Segunda Escuela de Viena, liderada por Arnold Schoenberg (1874-1951), la música, en consonancia con las ideas estéticas expresionistas que llevaron en la pintura de la figuración a la abstracción por parte de artistas como Kandinsky, produjo un giro revolucionario al romper con la tonalidad clásica y adentrarse en una nueva música sin tonalidad o atonal. Era el origen del dodecafonismo, cuya idea principal es la de utilizar por igual -sin jerarquía alguna- las doce notas de la escala, frente a la música tonal en la que una nota (la tónica) es el centro gravitatorio de la composición. Dada la dificultad auditiva de las obras atonales, recomendaríamos particularmente dos que se encuentran entre las más asequibles:
  • Del propio Schoenberg: Noche transfigurada, op. 4. Obra para sexteto de cuerdas en el límite de la tonalidad.

  • Schoenberg: Noche transfigurada, op. 4 (II. Molto ralentando)

  • De Alban Berg, alumno de Schoenberg y miembro también de la Segunda Escuela de Viena: Concierto para violín y orquesta "a la memoria de un ángel".

  • Berg: Concierto para violín y orquesta "a la memoria de un ángel" (I. Andante-Allegretto)

Pärt
Como reacción a la atonalidad, en la década de los años setenta, se produjo por parte de ciertos artistas un retorno a la tonalidad con la utilización de melodías sencillas repetitivas de fuerte inspiración medieval o renacentista y con un alto sentido místico. Es el conocido como minimalismo sacro o minimalismo místico, uno de cuyos representantes más destacados es el estonio Arvo Pärt (1935-), cuyas obras más interesantes serían:

  • Cantus in memoriam Benjamin Britten. Breve y sencilla pieza para campana y orquesta de cuerdas de notable lirismo.

  • Pärt: Cantus in memoriam Benjamin Britten

  • Fratres. Colección de pequeñas piezas con variaciones para distintos instrumentos. 
  • Sinfonía nº 3.
  • Tabula rasa. Concierto en sólo dos movimientos para dos violines, piano y orquesta de cámara.

  • Pärt: Tabula rasa (I. Ludus)

Para finalizar este breve compendio de nuestra música preferida del siglo XX debemos mencionar también otras composiciones altamente recomendables:
  • Jean Sibelius (1865-1957): Finlandia, op. 26, Suite Karelia, op. 11, Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 43.

  • Sibelius: Finlandia, op. 26

  • Paul Dukas (1865-1935): El aprendiz de brujo.

  • Dukas: El aprendiz de brujo

  • Leos Janacek (1854-1928): Sinfonietta, Taras Bulba, Misa Glagolítica.
  • Gustav Holst (1874-1934): Los planetas, op. 32.

  • Holst: Los planetas, op. 32 (Júpiter, el portador de la alegría)

  • Carl Orff (1895-1982): Carmina Burana.

  • Orff: Carmina Burana (Fortuna imperatrix mundi - I. O Fortuna)

  • George Gershwin (1898-1937): Rhapsody in blue para piano y orquesta de jazz.
  • Aaron Copland (1900-1990): Primavera Apalache.
  • Aram Kachaturian (1903-1978): los ballets Espartaco Gayaneh

  • Kachaturian: Gayaneh (Acto III, Escena VII: Danza del sable)

  • Joaquín Rodrigo (1901-1999): Concierto de Aranjuez para guitarra y orquesta.

  • Rodrigo: Concierto de Aranjuez (II. Adagio)

  • Samuel Barber (1910-1981): Adagio para cuerdas.

  • Barber: Adagio para cuerdas

  • Olivier Messiaen (1908-1992): Sinfonía Turangalila.
  • György Ligeti (1923-2006): Lux aeterna, Atmospheres.

  • Ligeti: Lux aeterna

jueves, 20 de octubre de 2016

Mis composiciones musicales favoritas (II): Romanticismo

El período conocido como Romanticismo supone la eclosión de la música en una cantidad tal de geniales compositores a todo lo largo y ancho del siglo XIX, que supone una auténtica bendición para todos los melómanos. Para los que, en particular, amamos el género sinfónico, se trata de una época inigualable por la fecundidad, diversidad, profundidad y exquisita belleza de muchísimas obras. La orquesta alcanza ahora sus mayores dimensiones, incorporándose incluso el instrumento coral al repertorio sinfónico, creándose una atmósfera de perfecta armonía y simbiosis entre los diversos instrumentos.

Lo romántico supone, pues, el triunfo de lo subjetivo, de lo íntimo, del sentimiento pasional frente a la fría razón objetiva y a la mesura contenida del clasicismo. En este sentido, lo romántico posee un profundo contenido espiritual, casi místico, de recogimiento interior, pero es también a la vez tempestuoso, temperamental, rebelde..., en constante búsqueda de la anhelada y sublime perfección.

La cultura germana, que en tantas ramas del saber es ciertamente fecunda en este siglo XIX, va a dejar también en la música un legado absolutamente inigualable. Nadie ha entendido el Romanticismo en la música en todas sus dimensiones como los alemanes, probablemente por la influencia literaria de Goethe y del movimiento Sturm und Drang ("Tormenta e Ímpetu"), que puso un énfasis extremo en lo subjetivo, en lo pasional, en romper los encorsetamientos estéticos académicos y adentrarse en los desconocido. Fue, entonces, lo literario el percutor de una música revolucionaria que alcanza ahora cotas gigantescas de dramatismo, de intensidad, de sublime belleza...

Y fue quizás un defecto, un error de la Naturaleza, el que lo cambió todo. Con poco más de treinta años, un músico genial nacido en Bonn expresaba su inmensa soledad, su tremendo drama interior, en una carta dirigida a sus hermanos: "¡Oh, hombres que me juzgáis malvado, testarudo o misántropo! ¡Cuán equivocados estáis! Desde mi infancia, mi corazón y mi mente estuvieron inclinados hacia el tierno sentimiento de bondad [...] pero, reflexionad que hace ya seis años en los que me he visto atacado por una dolencia incurable [... ] nacido con un temperamento ardiente y vivo, hasta inclusive susceptible a las distracciones de la sociedad, fui obligado temprano a aislarme, a vivir en soledad [...] ¡Ah! Como era posible que yo admitiera tal flaqueza en un sentido que en mi debiera ser más perfecto que en otros, un sentido que una vez poseí en la más alta perfección, una perfección tal como pocos en mi profesión disfrutan o han disfrutado. ¡Oh!, no puedo hacerlo, entonces perdonadme cuando me veáis retirarme cuando yo me mezclaría con vosotros con agrado [...] Debo vivir como un exiliado, si me acerco a la gente un ardiente terror se apodera de mí, un miedo de que puedo estar en peligro de que mi condición sea descubierta..."

Esta carta es conocida como el "Testamento de Heiligenstadt" y fue escrita en 1802 por Ludwig van Beethoven (1770-1827). Fue precisamente entonces, durante su estancia en Heiligenstadt, cuando Beethoven comenzó a componer su Tercera Sinfonía, la conocida como "Heroica", cuya Marcha Fúnebre en el segundo movimiento expresa ese carácter sombrío, desolador, que es santo y seña del nuevo sentimiento romántico. Esta sinfonía (ver en el blog la entrada "De la génesis del Romanticismo en el arte", de febrero de 2015) marcará un antes y un después en la forma sinfónica.

El compendio de sus nueve sinfonías representan la Capilla Sixtina de la música, y al igual que al contemplar esos frescos increíbles de Miguel Ángel, sólo es posible permanecer atónito al escuchar esos sonidos que parecen ser más bien obra de un Ser Divino, que de un ser terrenal. No importa cuántas veces se escuchen..., siempre hay un matiz nuevo, una sensación diferente, un sentimiento distinto, que aparecen como por arte de magia. Sí, tal vez Beethoven fue un prestidigitador, antes que un músico..., porque si no, ¿cómo es posible que un individuo sordo compusiera en su cabeza esa música de fuerza imponente, de terrible dolor o de alegría desbordante, una música como jamás otra ha hollado lo más profundo del espíritu humano?

De un repertorio orquestal donde casi todo es genial, intentaremos hacer un esfuerzo para seleccionar aquellas obras que más nos han fascinado:
  • Sus nueve sinfonías: las dos primeras, op. 21 y op, 36, son todavía de estilo más bien clásico y con una enorme influencia de su maestro Haydn. De las restantes, hay que señalar como absolutamente imprescindibles: la 3ª en mi bemol mayor, op. 55,  "Heroica", la 5ª en do menor, op. 67, la 6ª en fa mayor, op. 68, "Pastoral", y, por supuesto, la 9ª en re menor, op. 125, "Coral", que introdujo la presencia de solistas y coro en la "Oda a la Alegría" (con texto de Schiller).

    Beethoven: Sinfonía nº 5 en do menor, op. 67 (I. Allegro con brio)

  • Los cinco conciertos para piano y orquesta, muy especialmente el nº 5 en mi bemol mayor, op. 73, "Emperador".

    Beethoven: Concierto para piano y orquesta nº 5 en mi bemol mayor, op. 73 (II. Adagio un poco mosso)

  • Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 61.
  • Triple concierto para violín, piano y violonchelo en do mayor, op. 56.
  • Fantasía para piano, coro y orquesta, op. 80. Un ensayo de lo que sería luego el movimiento coral de su 9ª sinfonía.
  • Sus magníficas oberturas (para ballet, ópera,...), en particular: Las criaturas de Prometeo, op. 43, Coriolano, op. 62, Leonora nº 3, op. 72a, Fidelio, op.72b y Egmont, op. 84.

    Beethoven: Obertura Coriolano, op. 62

De sus 32 sonatas para piano, hay varias que son también obras maestras indispensables:
  • Sonata para piano nº 8 en do menor, "Patética", op. 13.
  • Sonata para piano nº 14 en do sostenido menor, "Claro de luna", op. 27 nº 2. Su primer movimiento, un "Adagio sostenuto", es la melancolía hecha música.

    Beethoven: Sonata para piano nº 14 en do sostenido menor, op. 27 nº 2 (I. Adagio sostenuto)

  • Sonata para piano nº 17 en re menor, op. 31 nº 2, "La Tempestad". Increíble la alternancia en el primer movimiento ("Largo-Allegro") de instantes de pacífica tranquilidad con otros de tormentoso ímpetu.
  • Sonata para piano nº 21 en do mayor, op. 53, "Waldstein".
  • Sonata para piano nº 23 en fa menor, op, 57, "Appassionata".
  • Sonata para piano nº 26 en mi bemol mayor, op. 31a, "Los Adioses".
  • Sonata para piano nº 29 en si bemol mayor, op. 106, "Hammerklavier". Una auténtica sinfonía para el piano.
Entre su música de cámara seleccionamos:
  • Sonatas para violín y piano nº 5 en fa mayor, op. 24, "Primavera", y nº 9 en la mayor, op. 47, "Kreutzer".

    Beethoven: Sonata para violín y piano nº 5 en fa mayor, op. 24, "Primavera" (I. Allegro)

  • Sus 16 cuartetos de cuerda son una integral imprescindible en la historia de la música de cámara. Destacamos los 3 cuartetos op. 59 dedicados al conde Razumovsky, así como los cinco últimos: nº 12 en mi bemol mayor, op. 127, nº 13 en si bemol mayor, op. 130, nº 14 en do sostenido menor, op. 131, nº 15 en la menor, op. 132 y nº 16 en fa mayor, op. 135.
  • Septimino en mi bemol mayor, op. 20. Su "minueto" es muy conocido.

    Beethoven: Septimino en mi bemol mayor, op. 20 (III. Tempo di minuetto)

  • Gran Fuga en si bemol mayor, op. 133. Obra tardía, compleja y adelantada a su tiempo.
De su música sacra nos quedamos con el oratorio Cristo en el monte de los olivos, op. 85, y, sobre todo, con su profundamente romántica Missa solemnis en re mayor, op. 123, cuyo solo de violín en el "Sanctus Benedictus" es otro más de esos momentos "mágicos" con los que Ludwig nos deleitó.

Beethoven: Missa Solemnis, op. 123 (Sanctus: Benedictus)

Sin embargo, en el terreno operístico, Beethoven no fue tan prolífico ni brillante y, de hecho, sólo compuso una ópera en toda su vida, Fidelio, a la que dedicó, sin embargo, muchos años y esfuerzos. Parece que esta pobreza en el repertorio de la ópera se debió a que el maestro de Bonn no consiguió encontrar a lo largo de su vida temas adecuados para este género musical, o quizás sus expectativas fueron demasiado altas. La realidad es que probablemente ni siquiera su única ópera esté a la altura del resto de su brillantísimo repertorio, lo cual no significa que no sea una obra muy recomendable.

Schubert
Junto al maestro de Bonn, otro compositor cuya obra representa la transición del Clasicismo al Romanticismo es el vienés Franz Schubert (1797-1828), cuya temprana muerte con sólo 31 años no le impidió dejarnos excelentes piezas orquestales y de cámara. Su afición a la composición improvisada de canciones junto a sus amigos le ha hecho pasar a la posteridad como el maestro de los lieder (una canción lírica escrita a partir de un poema para voz solista y acompañamiento). Schubert agrupó estas canciones en ciclos basados en el desarrollo de una temática común.

Quizás su canción más famosa sea la conocida popularmente como Ave María, originalmente Ellens Gesang III ("Tercera canción de Ellen"), D. 839 (el catálogo schubertiano fue realizado por el musicólogo Otto Erich Deutsch, de ahí la letra D utilizada para identificar sus obras), perteneciente a su ciclo de siete canciones sobre La dama del lago, un poema de Sir Walter Scott.

Schubert: Ave María

En el repertorio sinfónico, Schubert compuso, al igual que Beethoven, nueve sinfonías, de las cuales podemos destacar las siguientes:
  • Sinfonía nº 4 en do menor, D. 417, "Trágica".
  • Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, D. 485.

    Schubert: Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, D. 485 (I. Allegro)

  • Sinfonía nº 8 en si menor, D. 759, "Inacabada". Probablemente, la más conocida de todas, y de la cual dejó escritos sólo dos movimientos por motivos que aún se desconocen.
  • Sinfonía nº 9 en do mayor, D. 944, "La Grande", una obra maestra plenamente romántica de gran complejidad y duración. 
En cuanto a sus obras de cámara, consideramos imprescindibles:
  • Cuarteto de cuerda nº 13 en la menor, D. 804, "Rosamunda".
  • Cuarteto de cuerda nº 14 en re menor, D. 810, "La muerte y la doncella".
  • Quinteto de cuerda en do mayor, D. 956. Su "Adagio" es de una incontenible melancolía que desgarra el corazón más pétreo.

    Schubert: Quinteto de cuerda en do mayor, D. 956 (II. Adagio)

Mendelssohn
Otro genio alemán destinado a morir joven fue Felix Mendelssohn (1809-1847). Nacido en Hamburgo, de origen judío aunque luego convertido al protestantismo, además de un extraordinario compositor y director de orquesta, fue también el gran redescubridor de la obra de Johann Sebastian Bach, del que era un ferviente admirador. 

Lo más destacado de su repertorio es su obra orquestal, en el que debemos incluir, entre otras piezas, las magníficas cinco sinfonías que compuso:
  • Sinfonía nº 1 en do menor, op. 11.
  • Sinfonía nº 2 en si bemol mayor, op. 52, "Himno de alabanza", que incluye, como la Novena beethoveniana, solistas y coro.
  • Sinfonía nº 3 en la menor, op. 56, "Escocesa".
  • Sinfonía nº 4 en la mayor, op. 90, "Italiana".

    Mendelssohn: Sinfonía nº 4 en la mayor, op. 90, "Italiana" (I. Allegro vivace)

  • Sinfonía nº 5 en re mayor, op. 107, "Reforma".
  • El Sueño de una noche de verano, op. 61. Música incidental basada en la obra de teatro de William Shakespeare. Incluye la famosísima "Marcha nupcial".

    Mendelssohn: El sueño de una noche de verano (Marcha nupcial)

  • Obertura Las Hébridas, op. 26.
  • Concierto para piano y orquesta nº 1 en sol menor, op. 25.
  • Concierto para violín y orquesta en mi menor, op. 64. Uno de los más famosos del repertorio de conciertos para este instrumento.

    Mendelssohn: Concierto para violín y orquesta en mi menor, op. 64 (III. Allegretto non troppo-Allegro molto vivace)

El piano es, sin duda, el instrumento por excelencia del movimiento romántico, adaptándose perfectamente al intimismo y al sentimiento propios de este estilo artístico. Dos intérpretes y compositores geniales hicieron de este instrumento su medio de expresión, llevando la música para piano a cotas insuperables de virtuosismo y expresividad. Nos referimos naturalmente a Chopin y a Liszt.

Chopin
Frederic Chopin (1810-1849), nacido en Varsovia, revolucionó la música para piano, escribiendo piezas plenas de calidez, ternura y refinamiento. Evidentemente su repertorio estuvo dedicado prácticamente por entero al instrumento al que dedicó su vida, en el que destacamos:
  • Concierto para piano y orquesta nº 1 en mi menor, op. 11.
  • Concierto para piano y orquesta nº 2 en fa menor, op. 21.
  • 24 preludios, op. 28.
  • Sonata para piano nº 2 en si bemol mayor, op. 35. Su tercer movimiento es la célebre "Marcha fúnebre".

    Chopin: Sonata para piano nº 2 en si bemol mayor, op. 35 (III. Marcha fúnebre. Lento)

  • Polonesa en la bemol mayor, op. 53.

    Chopin: Polonesa en la bemol mayor, op. 53

Liszt
El húngaro Franz Liszt (1811-1886) fue posiblemente el pianista más famoso de su época, un auténtico virtuoso del teclado, que además compuso obras de gran complejidad para ensalzar su propia técnica al piano. Entre sus piezas más destacadas para este instrumento podemos mencionar:
  • Concierto para piano y orquesta nº 1 en mi bemol mayor, S. 124 (Humphrey Searle fue el autor del catálogo más autorizado de Liszt).

    Liszt: Concierto para piano nº 1 en mi bemol mayor (IV. Allegro marziale animato)

  • Concierto para piano y orquesta nº 2 en la mayor, S. 125.
  • Sonata para piano en si menor, S. 178. Considerada una de las obras técnicamente más complejas para el pianista.
  • Rapsodias húngaras, S. 244. Conjunto de 19 obras para piano basadas en música folclórica húngara. Algunas de ellas fueron también arregladas para orquesta.

    Liszt: Rapsodia húngara nº 5 en mi menor

En cuanto a su repertorio orquestal, consideramos imprescindibles:
  • Los Preludios, S. 97. Su más popular poema sinfónico, género creado por el propio Liszt y que alcanzaría gran auge a partir de entonces.
  • Sinfonía Fausto. Sinfonía coral basada en la obra homónima de Goethe. 
  • Totentanz, S. 126. "Danza macabra" para piano y orquesta.

Schumann
El alemán Robert Schumann (1810-1856) representa la auténtica personalidad romántica, no sólo por su música, sino también por su propio carácter bipolar que, en sus últimos años, le llevaría a una profunda depresión y a un intento de suicidio. Entre sus obras recomendamos particularmente sus cuatro sinfonías:

  • Concierto para piano en la menor. op. 54
  • Sinfonía nº 1 en si bemol mayor, op. 38, "Primavera".
  • Sinfonía nº 2 en do mayor, op. 61.


    Schumann: Sinfonía nº 2 en do mayor, op. 61 (IV. Allegro molto vivace)

  • Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 97, "Renana". Quizás la más brillante de todas.

    Schumann: Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 97, "Renana" (V. Lebhaft)

  • Sinfonía nº 4 en re menor, op. 120.

Brahms
Continuando con el increíble catálogo de extraordinarios músicos románticos alemanes, nos encontramos con un compositor al que el célebre pianista y director de orquesta Hans von Bülow designó como la "Tercera B" o el tercer miembro de la "Santísima Trinidad" (junto a Bach y Beethoven). Un elogio nada inmerecido para otro gigante a la altura de los más grandes compositores de todos los tiempos: Johannes Brahms (1833-1897). 

Es evidente es que la obra de Brahms bebe directamente en las raíces de la música beethoveniana, proponiendo un romanticismo de corte clásico, y al igual que ocurre con la obra del genio de Bonn, su música llega a lo más profundo del alma, tanto en sus increíbles cuatro sinfonías como en sus conciertos para piano o violín. Dentro de su repertorio destacamos las siguientes obras maestras:
  • Variaciones sobre un tema de Haydn, op. 56.
  • Danzas húngaras. Exquisita colección de 21 danzas breves basadas en melodías húngaras.
  • Ein deutsches requiem ("Un réquiem alemán"), op. 45. No es una misa de difuntos, sino más bien un oratorio basado en textos bíblicos para solistas, coro y orquesta.

  • Brahms: Un réquiem alemán (IV. Wie liebich sind deine Wohnungen)

  • Concierto para piano nº 1 en re menor, op. 15.
  • Concierto para piano nº 2 en si bemol mayor, op. 83.

  • Brahms: Concierto para piano nº 2 en si bemol mayor, op. 83 (IV. Allegretto grazioso)

  • Concierto para violín en re mayor, op. 77.
  • Obertura Trágica, op. 81.
  • Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68. Algunos críticos la han considerado como la 10ª sinfonía de Beethoven.

  • Brahms: Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 (II. Andante sostenuto)

  • Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 73.

  • Brahms: Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 73 (IV. Allegro con spirito)

  • Sinfonía nº 3 en fa mayor, op. 90.
  • Sinfonía nº 4 en mi menor, op. 98.

Wagner
Si la música de Brahms representa, en cierta medida, una continuación de la obra beethoveniana, la irrupción de Richard Wagner (1813-1883) supone una revolución total en el escenario musical. Wagner centró prácticamente toda su producción en el repertorio operístico, pero no se trató de ópera en el sentido clásico, sino de la creación de un género prácticamente nuevo, el "drama musical", o como él mismo lo definió: la Gesamtkunstwerk, la “obra de arte total”, una creación que unía drama, poesía y música en una perfecta armonía.

Como dramaturgo, él mismo escribió los propios libretos de sus obras, pero además amplió las dimensiones de la orquesta e introdujo incluso nuevos instrumentos -como la tuba wagneriana- para llevar los diversos "leitmotivs" orquestales a límites insospechados de riqueza cromática. Su obsesión por la perfecta reproducción de sus monumentales composiciones le llevó a construir, gracias al mecenazgo de Luis II de Baviera, su propio teatro de ópera en Bayreuth, específicamente diseñado hasta el más mínimo detalle para la representación de sus obras.

En definitiva, todo en la obra de Wagner, quizás hasta su propia megalomanía, es de dimensiones épicas. Pero si olvidamos todo lo demás -el supuesto antisemitismo del compositor, la "nazificación" de su música durante el régimen de Hitler, el pangermanismo,...-, y escuchamos sólo su música, nos encontraremos, sin dudarlo, ante momentos absolutamente sublimes de pura belleza y profunda emoción en los que sobran las palabras.

Entre sus dramas musicales más famosos destaca por encima de todos su monumental tetralogía El Anillo del nibelungo, compuesta por un prólogo, El Oro del Rhin, y tres jornadas sucesivas, La Valkiria, Sigfrido y finalmente El ocaso de los dioses (ver entrada del blog http://ernestagoras.blogspot.com.es/2009/12/del-anillo-wagneriano-i-el-oro-del-rhin.html y siguientes de diciembre de 2009). Rescatemos uno de los momentos más memorables de este excepcional drama musical en el aria correspondiente al Acto III, Escena 3ª de La Valkiria, en la que Wotan (barítono) se despide de su hija Brunilda, sabiendo que no la volverá a ver jamás: "¡Adios, osada, magnífica niña!¡Tú, de mi corazón el más sagrado orgullo!¡Adios!¡Adios!¡Adios! [...] ¡Que el cobarde huya de la roca de Brunilda!¡Que sólo uno pretenda a esta novia, uno más libre que yo, el dios!"

Wagner: La Valkiria (Acto III, Escena 3ª: "Leb Wohl, Du Kühnes, Herliches Kind!")

Pero, por supuesto, debemos también recomendar otras óperas no menos imprescindibles de su repertorio:
  • El holandés errante.
  • Los maestros cantores de Nuremberg.

  • Wagner: Los maestros cantores de Nuremberg (Preludio del Acto I)

  • Lohengrin.
  • Parsifal.

  • Wagner: Parsifal (Acto III: "Höchsten Heiles Wunder!")

  • Tannhäuser.

  • Wagner: Tannhäuser (Acto III. Coro de peregrinos)

  • Tristán e Isolda. Antológica de principio a fin. Su increíble preludio orquestal supone tal punto de inflexión en la Historia de la música que muchos consideran que significó el comienzo del fin de la armonía tonal. La trágica aria final de Isolda, conocida como Liebestod ("muerte por amor"), es una de las cumbres del Romanticismo.

  • Wagner: Tristán e Isolda (Preludio)

    Wagner: Tristán e Isolda (Acto III. "Liebestod")


Bruckner
El Romanticismo tardío tiene en el compositor austríaco Anton Bruckner (1824-1896) un digno -aunque tal vez poco conocido- representante. Admirador de la obra wagneriana y profundamente religioso, sus larguísimas nueve sinfonías, de las cuales la Tercera la dedicó al propio Wagner, son de una monumentalidad y espiritualidad sorprendentes. Entre sus principales obras tenemos que mencionar:

  • Sinfonía nº 3 en re menor, "Wagneriana".
  • Sinfonía nº 4 en mi bemol mayor, "Romántica".
  • Sinfonía nº 5 en si bemol mayor.


  • Bruckner: Sinfonía nº 5 en si bemol mayor (III. Scherzo: molto vivace)

  • Sinfonía nº 7 en mi mayor. Una auténtica catedral orquestal, plena de lirismo y espiritualidad. 

  • Bruckner: Sinfonía nº 7 en mi mayor (IV. Finale: Bewegt, Doch Nicht Schnell)

  • Sinfonía nº 8 en do menor.
  • Te Deum

Tchaikovsky
Pero no sólo Alemania produjo grandes músicos románticos. También Rusia produjo excelentes compositores, como Glinka, Borodin, Rimsky-Korsakov o Mussorgsky. Pero sobre todos ellos brilla en el firmamento musical una figura inmortal: Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893). Un genio de sensibilidad excepcional y vida atormentada debido, entre otras cosas, a su reprimida homosexualidad, que fue capaz de crear piezas de una alegría y vitalidad desbordantes y también obras de intensa agonía y patetismo.

Tchaikovsky compuso música en múltiples géneros, desde sus populares ballets, hasta conciertos, sinfonías, óperas, música de cámara,... Entre sus obras más destacadas debemos señalar:

  • Sus ballets El lago de los cisnes, op. 20 y El Cascanueces, op. 71.

  • Tchaikovsky: El Cascanueces (Vals de las flores. Tempo di valse)

  • Concierto para piano y orquesta nº 1 en si bemol menor, op. 23.
  • Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 35. Otro de los imprescindibles conciertos para este instrumento.

  • Tchaikovsky: Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 35 (III. Finale. Allegro vivacissimo)

  • Obertura 1812, op. 49. Monumental y triunfante expresión del nacionalismo ruso, que concluye con un éxtasis orquestal acompañado de salvas de cañón y repique de campanas.
  • Romeo y Julieta, obertura-fantasía basada en la obra homónima de William Shakespeare.
  • Marcha eslava en si bemol mayor, op. 31.

  • Tchaikovsky: Marcha eslava en si bemol mayor, op. 31

  • Capricho italiano, op. 45.
  • Serenata para cuerdas en do mayor, op. 48.
  • Suite orquestal nº 4, op. 61, "Mozartiana".
  • Sinfonía Manfred en si menor, op. 58. Basada en el poema homónimo de Lord Byron.
  • Sinfonía nº 3 en re mayor, op. 29, "Polaca".

  • Tchaikovsky: Sinfonía nº 3 en re mayor, op. 29, "Polaca" (V. Finale. Allegro con fuoco. Tempo di polacca)

  • Sinfonía nº 4 en fa menor, op. 36.
  • Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64.

  • Tchaikovsky: Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64 (IV. Andante maestoso-Non Allegro-Presto Furioso-Allegro maestoso-Allegro vivace-Scherzo: Allegro con anima)

  • Sinfonía nº 6 en si menor, op. 74, "Patética". Un compendio de la sensibilidad romántica, pasando sin solución de continuidad del éxtasis vitalista y triunfal del tercer movimiento a la patética y atormentada agonía del cuarto y último movimiento.

  • Tchaikovsky: Sinfonía nº 6 en si menor, op. 74 (IV. Finale. Adagio lamentoso-Andante)

Por supuesto, este periodo musical tan fructífero nos dejó muchas más obras maestras de grandes compositores que las que hemos comentado, pero dado que es imposible abarcarlo todo por su magnitud, incluimos como epílogo un breve compendio de otros destacados compositores románticos -muchos de ellos representantes del denominado nacionalismo musical- y las que consideramos sus obras más interesantes:
  • Anton Dvorak (1841-1904): Concierto para violonchelo y orquesta en si menor, op. 104, Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95, conocida como "Sinfonía Del Nuevo Mundo".

  • Dvorak: Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95, "Del Nuevo Mundo" (III. Scherzo: Molto vivace-Poco sostenuto)

  • Bedrich Smetana (1824-1884): ciclo de poemas sinfónicos Má vlast ("Mi patria").
  • Camille Saint-Saëns (1835-1921): Sinfonía nº 3 en do menor, op. 78 "con órgano", Danza macabra, op. 40, El carnaval de los animales.

  • Saint-Saëns: Sinfonía nº 3 en do menor, op. 78 (II. Maestoso-Allegro-Molto allegro)

  • César Franck (1822-1890): Sinfonía en re menor.
  • Jules Massenet (1842-1912): Meditación de su ópera Thaïs.

  • Massenet: Meditación de Thaïs

  • Edvard Grieg (1843-1907): Suites nº 1, op. 46 y nº 2, op. 55 de Peer Gynt, Concierto para piano y orquesta en la menor, op. 16, Suite Holberg, op. 40.
  • Hector Berlioz (1803-1869): Sinfonía Fantástica, op. 14.
  • Georges Bizet (1838-1875): Suites nº 1 y nº 2 de la ópera Carmen, Suites nº 1 y nº 2 de L'Arlesienne, Sinfonía nº 1 en do mayor.

  • Bizet: L'Arlesienne-Suite nº 1 (I. Preludio)

  • Johann Strauss, padre (1804-1849): Marcha Radetzky.
  • Johann Strauss, hijo (1825-1899): El bello Danubio azul, Cuentos de los bosques de Viena, Vals del emperador.

  • Johann Strauss II: El bello Danubio azul

  • Nikolai Rimsky-Korsakov (1844-1908): Scheherezade, op. 35, Obertura de la Gran Pascua rusa, op. 36.
  • Modest Mussorgsky (1839-1881): Cuadros de una exposición, Una noche en el Monte Pelado.

  • Mussorgsky: Una noche en el Monte Pelado

  • Max Bruch (1838-1920): Concierto para violín y orquesta nº 1 en sol menor, op. 26, Romanza para violín y orquesta, op. 85.
  • Franz von Suppé (1819-1895): Obertura de la opereta Caballería ligera.

  • Franz von Suppé: Obertura de Caballería ligera

El próximo capítulo lo dedicaremos a nuestra obras favoritas del siglo XX, comenzando por los denominados compositores posrománticos que enlazan el siglo XIX con el XX.

domingo, 9 de octubre de 2016

Mis composiciones musicales favoritas (I): Barroco y Clasicismo

La música es una de las creaciones más excepcionales y sorprendentes de la especie humana desde que hollamos este planeta. La producción de esos sonidos sucesivos en forma de notas y acordes, que a través de nuestros oídos penetran en nuestro cerebro y ahondan en lo más profundo del alma, conmoviendo nuestros más delicados sentimientos, se encuentran, sin ningún género de dudas, entre esas maravillas que el hombre, capaz también de las más abyectas aberraciones, tiene el poder y la voluntad de crear para elevarse así por encima del polvo del que está constituido y acercarse un poco más al Creador.

Lo que denominamos con tremenda simplificación conceptual como "música clásica" encierra un vasto compendio de obras, estilos, autores, armonías, formas, estructuras,..., que, fundamentalmente, se proyectan durante los siglos XVI, XVII, XVIII, XIX y XX, dentro de unos estilos o movimientos que el ser humano, tan obsesionado con clasificarlo todo en estrictos periodos en la creación artística, ha venido a nombrar cronológicamente como Renacimiento, Barroco, Clasicismo, Romanticismo y su epílogo Posromántico, y Música Contemporánea o Moderna.

Comenzaremos, en este primer capítulo, por analizar los períodos Barroco y Clásico, proporcionando unas breves pinceladas sobre aquellos compositores que consideramos como más insignes y enumerando aquellas creaciones que, desde un punto de vista muy personal, nos han proporcionado instantes sublimes de audición en los que nos hemos sentido transportados a parajes más allá de lo mundano, y hemos sentido esa inefable emoción que sólo la música puede, aun de forma efímera, proporcionarnos.

El Barroco

J.S. Bach
Aunque en el Renacimiento existen ya figuras de indudable importancia como los italianos Palestrina y Monteverdi, o el español Tomás Luis de Victoria, la MÚSICA CLÁSICA (nótense las mayúsculas) "nace" con un compositor nacido en Leipzig absolutamente genial, probablemente el más grande de todos los tiempos: Johann Sebastian Bach (1685-1750). Él es el que pone las bases del contrapunto, de la armonía tonal, del desarrollo de la forma instrumental independiente de la vocal, además de ser considerado en su época como un intérprete excepcional como organista y clavecinista. Su influencia en los compositores que vendrán después de él será gigantesca. Es imposible entender, pues, la Historia de la música sin la figura de este excepcional compositor. 

El Barroco en el arte musical -cuya figura más destacada es obviamente Bach- se caracteriza, entre otros rasgos, por la sempiterna presencia del bajo continuo -interpretado por uno o varios instrumentos graves- a modo de sostén de la melodía y que dota a las composiciones de un cierto aire de gravidez, la aparición de nuevas formas musicales que tendrán gran desarrollo en los siguientes siglos (la sonata, el concierto, el oratorio, la ópera,...), el predominio de los instrumentos de cuerda en el lenguaje de la orquesta (todavía de modestas dimensiones), o la emancipación de la música instrumental con identidad propia frente a la música vocal. Cronológicamente abarca aproximadamente desde mediados del siglo XVII hasta mediados del XVIII.

La obra de J.S. Bach es enormemente extensa, puesto que el catálogo, etiquetado con las siglas BWV (Bach-Werke-Verzeichnis o "Catálogo de Obras de Bach"), incluye ¡más de 1000 composiciones! Aunque es difícil elegir entre tantas obras excepcionales, podemos destacar entre las instrumentales las siguientes composiciones: 
  • Las Variaciones Goldberg para clave (o piano), BWV 988, de profunda serenidad. 

  • Bach: Variaciones Goldberg (I. Aria)

  • Los seis Conciertos de Brandemburgo, BWV 1046-1051.
  • La famosísima Tocata y Fuga en re menor, BWV 565, para órgano.

  • Bach: Tocata y Fuga en re menor, BWV 565

  • Las seis Suites para violonchelo solo, BWV 1007-1012.

  • Bach: Suite para violonchelo nº1 en sol mayor, BWV 1007 (I. Preludio)

  • Los conciertos para violín y orquesta en la mayor, BWV 1041, y en mi mayor, BWV 1042.
  • Las cuatro Suites para orquesta, BWV 1066-1069.
Entre las obras sacras, seleccionaríamos dos por encima de un repertorio también extensísimo: la Misa en si menor, BWV 232, y fundamentalmente, el oratorio La Pasión según San Mateo, BWV 244, cuya sobrecogedora espiritualidad sólo se puede entender por la sincera religiosidad del maestro alemán, y que queda perfectamente ejemplificada en el aria de bajo "Mache dich, mein Herze, rein" ("Purifícate, corazón mío").

Bach: Pasión según san Mateo, BWV 244 (Aria "Mache dich, mein Herze, rein")


Haendel
Otro compositor barroco alemán de indudable fama es Georg Friedrich Haendel (1685-1759), quien pasó casi toda su vida en Inglaterra y dejó una huella imborrable en la música británica. De Haendel seleccionaremos dos obras instrumentales: Música acuática -compuesta para ser interpretada sobre barcazas en el río Támesis- y la solemne y estruendosa Música para los reales fuegos de artificio -compuesta para acompañar los fuegos artificiales-. Pero Haendel destacó sobre todo por su brillante repertorio sacro, repleto de innumerables cantatas, y dentro del cual nos gustaría destacar dos oratorios: el Dixit Dominus, y su más célebre y monumental composición, El Mesías -que contiene el popular coro "Aleluya"-.

Haendel: El Mesías ("Aleluya")

Purcell
Aunque la escuela británica en la música clásica no puede compararse en ningún caso a la alemana o a la italiana, debemos mencionar al compositor británico más brillante de todo el periodo barroco y probablemente a uno de los más destacados de toda la Historia de la música en ese país. Nos referimos indudablemente a Henri Purcell (1659-1695), del que nos quedamos con dos de sus obras: la Oda para el cumpleaños de la reina Mary y su ópera Dido y Eneas, inspirada en la trágica historia de amor que tiene lugar entre la reina de Cartago y el héroe troyano en la Eneida de Virgilio, y en la que la bellísima aria "When I am laid in earth" ("Cuando yazca sobre la tierra"), correspondiente al tercer acto y más conocida como el "Lamento de Dido", conmueve profundamente por su dolor desgarrador.

Purcell: Dido y Eneas ("Lamento de Dido")

Vivaldi
Del pelirrojo sacerdote veneciano -apodado precisamente "Il prete rosso"- Antonio Vivaldi (1678-1741) se dice que el compositor y director de orquesta Igor Stravinski comentó que no compuso realmente cuatrocientos conciertos, sino que compuso cuatrocientas veces el mismo concierto. Es una opinión ciertamente discutible, pero, en cualquier caso, no hay individuo que no se sienta deleitado al escuchar cualquiera de sus famosísimos cuatro conciertos para violín y orquesta, conocidos popularmente como "Las cuatro estaciones", deliciosa composición que evoca las sensaciones de cada una de las estaciones del año.

Además de su obra más popular, también debemos mencionar su colección de 12 conciertos para diversos instrumentos de cuerda conocida como L'estro armónico. Pero su música sacra es también de calidad, y aquí nos gustaría destacar su Magnificat, RV 611 y su Gloria, RV 589 (Ryom Verzeichnis o "Catálogo Ryom", es el código del musicólogo danés Peter Ryom para el catálogo de obras de Vivaldi).

Vivaldi: Gloria, RV 589 (I. Gloria in excelsis Deo)

Otras obras interesantes que tenemos que mencionar de este periodo son el Concierto para trompeta en re menor de Georg Philip Telemann, el Canon y Giga en re mayor para tres violines y bajo continuo de Johann Pachelbel, y el Te Deum de Marc Antoine Charpentier, cuyo Preludio ha servido como sintonía de Eurovisión durante años. Podríamos incluir aquí también por su estilo el popular Adagio en sol menor, atribuido erróneamente a Tomaso Albinoni (hoy en día sabemos que la obra fue realmente compuesta por Remo Giazotto, un musicólogo del siglo XX).

Pachelbel: Canon en re mayor


El Clasicismo

Desde mediados del siglo XVIII hasta las primeras décadas del XIX, y paralelamente al desarrollo del estilo neoclásico en artes como la Arquitectura, la Escultura o la Pintura, se consolidan las formas musicales del periodo anterior, con particular desarrollo de la sonata, el concierto y la sinfonía, se amplía la orquesta de forma significativa, el piano sustituye al clave como instrumento solista o de acompañamiento, se rechazan los artificios barrocos en pos de unas estructuras más simples y estandarizadas, se amplía el rango de tonalidades y modulaciones, y los distintos instrumentos van adquiriendo más equilibrio en la composición alejándose del protagonismo anterior de unos pocos instrumentos. Representa, por tanto, el clasicismo una cierta reacción contra los excesos del Barroco. Frente a una música más florida, improvisada y emocional, el estilo clásico abogará por el equilibrio, la contención y la mesura, ahondando en la belleza de una serena elegancia.

Haydn
Dos gigantes deslumbran en la escena musical por encima de todos los demás compositores en este periodo, y ambos son de origen austríaco. En primer lugar, cronológicamente hablando, tenemos al compositor vienés Franz Joseph Haydn (1732-1809), considerado el "padre de la sinfonía", género en el que fue enormemente prolífico hasta componer nada menos que ¡104 sinfonías! Dentro de este numerosísimo repertorio sinfónico, las obras más interesantes son:
  • Sinfonía nº 45 en fa sostenido menor, "Los Adioses", en cuyo simpático final los intérpretes van dejando sucesivamente de tocar uno por uno, y abandonando su lugar en la orquesta, hasta quedar sólo tocando los últimos dos violines con sordina.
  • Sinfonía nº 48 en do mayor, "María Teresa".
  • Sinfonía nº 49 en fa menor, "La Pasión".

  • Haydn: Sinfonía nº 49 en fa menor, "La Pasión" (I. Adagio)

  • Las denominadas "Sinfonías de París": de la nº 82, "El Oso", a la nº 87.
  • Sinfonía nº 88 en sol mayor.
  • Sinfonía nº 92 en sol mayor, "Oxford".
  • Las denominadas "Sinfonías londinenses": de la nº 93 a la nº 104, compuestas con motivo de las visitas de Haydn a la capital británica. De ellas, destacaríamos especialmente la nº 94, "Sorpresa", la nº 101, "El Reloj", la nº 103, "Redoble de Tambor", y la nº 104, "Londres".

    Haydn: Sinfonía nº 104 re mayor, "Londres" (IV. Finale. Spiritoso)

Además del género instrumental en forma de sonatas, cuartetos, conciertos y sinfonías, Haydn cultivó también el género de la música sacra, donde nos gustaría mencionar dos obras: la Misa Nelson, Hob. XXII/11 (Hoboken es el nombre del autor del catálogo de obras de Haydn) y el oratorio La Creación, Hob. XXI:2, basada en los textos del Génesis bíblico, y en el que se nota enormemente la influencia de la obra de Haendel.

Mozart
El otro gigante del periodo es evidentemente el genio nacido en Salzburgo: Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). Tan prolífico como Bach, pues compuso más de 600 obras a pesar de su prematura muerte con sólo 35 años, y de una precocidad inaudita (¡con cinco años compuso su primera obra, con ocho su primera sinfonía, con diez su primera ópera!).

La producción mozartiana comprende, entre otras obras, 41 sinfonías, 27 conciertos para piano, 5 conciertos para violín, 23 cuartetos de cuerda, 22 óperas..., no todas de igual calidad, por supuesto, debido a su precoz comienzo como compositor, pero a medida que alcanzó su madurez compositiva fue capaz de crear obras cada vez más equilibradas, de gran variedad cromática, e incluso como vemos en obras tardías como su Réquiem, de una profundidad asombrosa.

La obra mozartiana fue catalogada por Ludwig von Köchel en el siglo XIX, codificándose con las siglas KV. Como en el caso de Bach, ardua es la tarea de destacar obras dentro de un repertorio mozartiano donde hay tanta cantidad y calidad, pero empezando por el género de sinfonías y conciertos, debemos mencionar como obras maestras las siguientes:
  • Sinfonía nº 25 en sol menor, KV 183.
  • Sinfonía nº 29 en la mayor, KV 201.

  • Mozart: Sinfonía nº 29 en la mayor, KV 201 (I. Allegro moderato)

  • Sinfonía nº 31 en re mayor, KV 297.
  • Sinfonía nº 35 en re mayor, "Haffner", KV 385.
  • Sinfonía nº 36 en do mayor, "Linz", KV 425.
  • Sinfonía nº 38 en re mayor, "Praga", KV 504.
  • Sinfonía nº 39 en mi mayor, KV 543.
  • Sinfonía nº 40 en sol menor, KV 550.
  • Sinfonía nº 41 en do mayor, "Júpiter", KV 551.

  • Mozart: Sinfonía nº 41 en do mayor, KV 551, "Júpiter" (IV. Molto allegro)

  • Concierto para violín y orquesta nº 5 en la mayor, KV 219.
  • Conciertos para piano y orquesta nº 20, 21, 22, 23, 24, 25, 26 y 27. El "Andante" del nº 21 es una de esas joyas imprescindibles cuya emoción no puede traducirse en palabras.

  • Mozart: Concierto para piano nº 21 en do mayor, KV 467 (II. Andante)

  • Concierto para oboe y orquesta en do mayor, KV 314.
  • Concierto para clarinete y orquesta en do mayor, KV 622. Su Adagio llega nuevamente a lo más profundo del alma.
  • Serenata nº 13 para cuerdas, KV 525, más conocida como Eine Kleine Nachtmusik ("Pequeña música nocturna").

  • Mozart: "Eine Kleine Nachtmusik", KV 525 (I. Allegro)

  • Sinfonía concertante en mi bemol mayor, KV 364.
En cuanto a las obras de música sacra, Mozart nos legó también varias maravillas para la posteridad:
  • El breve motete Exsultate, jubilate, KV 183.

  • Mozart: Exsultate, jubilate, KV 183 (Aria. Allegro)

  • Misa de la Coronación en do mayor, KV 317.
  • Vísperas solemnes de confesor en do mayor, KV 339, 
  • Y, por supuesto, la misa de difuntos más célebre de todos los tiempos, su excepcional Misa de Réquiem en re menor, KV 626 (la última obra que compuso).
Su repertorio operístico es igualmente extenso y culminado en cuatro obras maestras de su periodo de plena madurez (1786-1791):
  • Las Bodas de Fígaro, KV 492, ópera bufa (cómica) con libreto en italiano de Lorenzo Da Ponte.

  • Mozart: Las Bodas de Fígaro, KV 492 (Obertura)

  • Don Giovanni, KV 527, drama jocoso con libreto también de Da Ponte.
  • Cosi fan tutte ("Así hacen todas"), KV 588, drama jocoso con libreto de Da Ponte.
  • La flauta mágica, KV 620, "singspiel" (tipo de ópera popular cantada en alemán), con libreto en alemán de Emanuel Schikaneder. Probablemente la más genial de todas.

  • Mozart: La flauta mágica, KV 620 (Acto II. Dúo de Papageno y Papagena)

Concluimos aquí este primer capítulo dedicado a los compositores y obras que consideramos más interesantes de los periodos Barroco y Clásico. El próximo se dedicará por entero al Romanticismo, incluyendo en éste a un compositor que sirve de nexo de unión entre lo clásico y lo romántico, como es Ludwig van Beethoven, auténtico punto de inflexión en la Historia de la música.